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¡A lavar la bandera! | Opinión

Lalo Quiroz | El partero
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A propósito de las celebraciones por fiestas patrias en nuestro país, la Municipalidad de Lima dispondría una serie de medidas con respecto al correcto uso de la bandera en los distintos inmuebles, desde el 15 hasta el 31 de julio, y cuyo incumplimiento podría acarrear multas de hasta cinco mil soles; entre las medidas se destaca: colocar la bandera en lo alto del inmueble, evitar colocarla en puertas, ventanas y balcones, y asegurarse que la misma sea exhibida en óptimas condiciones –o sea, limpia y sin rasgaduras—. En sintonía con estas medidas, que buscarían ensalzar los símbolos patrios, se recordaría y se instaría a colocar la bandera nacional sin el escudo –en concordancia con la Ley N.° 32251— en viviendas particulares; reservándose el uso de la bandera con el escudo (conocida como el Pabellón Nacional) exclusivamente para las instituciones y edificios del Estado.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu, desde su teoría del capital simbólico, explicaría cómo el uso de los símbolos patrios otorgaría autoridad y legitimidad a las instituciones del Estado frente a los ciudadanos; y cómo estos símbolos –los cuales, ocultarían su carácter arbitrario— representarían instrumentos de poder que, estarían impregnados de violencia simbólica y que lograrían que las personas acepten las reglas del poder dominante como si fueran naturales. Esta violencia simbólica y el poder desde el Estado, por medio de los símbolos y los ritos, servirían para homogenizar y unificar una nación y naturalizar el orden social a partir de una identidad oficial e institucional. Por su parte, el politólogo e historiador chino –de ascendencia inglesa— Benedict Anderson, en su libro “Comunidades imaginadas: Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo”, explicaría que los símbolos patrios como la bandera y el himno son herramientas culturales clave para los Estados; que, servirían para construir, recordar y sentir como real la pertenencia a una nación –que, dicho sea de paso, no dejaría de ser una invención moderna—. En esta pertenencia, el rol de los emblemas nacionales cumpliría la función de generar un vínculo de identidad común; y, asimismo, materializar la idea abstracta de nación para que los ciudadanos sientan un vínculo sin conocerse. De otro lado, el autor sostendría que estos símbolos funcionarían –junto con las escuelas, los museos y los censos para oficializar una memoria colectiva— como dispositivos de poder; involucrando sentimientos y emociones profundas que conllevarían a un sentido de lealtad incondicional, al punto de que la mayoría de personas estarían dispuestas a morir por ellos.

El uso de los símbolos patrios, en las últimas décadas, no solamente servirían para sentirnos orgullosamente más peruanos y peruanas en fiestas patrias; tampoco, servirían solamente para exhibir el nacionalismo en eventos deportivos y hasta en conciertos musicales. Sino, en particular, la bandera iría adquiriendo un protagonismo especial. Así, mientras en el 2008, una joven bailarina de cumbia se montaría a pelo y desnuda sobre un caballo –en cuyo lomo estaría, nada menos que el Pabellón Nacional— sólo para llamar la atención de la farándula; por su parte, en el 2021, la actual y acreditada mandataria usaría la camiseta de la selección nacional de fútbol –un símbolo alusivo a la bandera—para hacer proselitismo político a favor de su candidatura. A la par, y coincidentemente, con la campaña “Ponte la camiseta” protagonizada por un grupo de futbolistas –de esos que, sólo vemos en comerciales de televisión y nunca levantando una copa en un mundial—. Lo cierto es que, más allá de aprovechamientos personales, este símbolo también ha sido apropiado y resignificado –desde el arte y la sociedad civil— por una mayoría de peruanas y peruanos que no se ha sentido representados por los distintos gobiernos de turno; quienes, más bien, han utilizado precisamente los símbolos patrios –y han jurado por Dios y por la plata (léase patria)— para gobernar a espaldas de la población. Una mayoría indignada que ha flameado la bandera en distintas marchas en defensa de la tan ansiada y extraviada democracia; y, asimismo, en rechazo a las muertes de civiles sucedidas en los últimos años a manos de las ‘fuerzas del orden’ del Estado.

En mayo de 2000, en la Plaza Mayor de Lima, el Colectivo Sociedad Civil –compuesto, entre otros, por artistas visuales— iniciaría su acción performática participativa denominada “Lava la bandera”; esta acción consistía, precisamente, en lavar con jabón el Pabellón Nacional, mientras los asistentes entonaban el himno nacional. El lavado de la bandera –y su posterior secado en un tendedero provisional— hacía referencia a una bandera ‘manchada’ y ‘ensuciada’ por la corrupción y el abuso de poder del gobierno fujimorista; lo cual, conllevaba a un urgente y necesario ‘lavado’. Un acto de limpieza simbólica de la nación y que, a veintiséis años de esa acción, pareciera seguir aún más vigente que nunca. A lavar la bandera; sino, multa.

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