Nelson Pereyra | Larga duración
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Las reuniones privadas entre el presidente José Jerí y los empresarios chinos Zhihua Yang y Ji Wu Xiaodong han agitado la coyuntura política de inicio de año. La situación se agravó cuando aquel mintió en varias ocasiones, lo que reveló una conducta inapropiada y poco transparente de un mandatario que ocupa el puesto de forma transicional.
Desde el inicio de su gobierno, Jerí también tuvo encuentros con funcionarios de la embajada y del gobierno chino. El periodista Aldo Mariátegui informa que el presidente ha sostenido conversaciones con el ministro consejero Yi Yuanquing, el jefe y miembro de la sección política Heiwenan Wu y Hou Junhan, la agregada económica Xie Yuhe, el jefe de asuntos culturales Zhang Quinquian y la diplomática Shengnan Zi («Perú21», 02/02/2026). La cercanía de Jerí con estos personajes genera interrogantes sobre la disposición de China hacia nuestro país en un contexto como el actual, de un creciente interés norteamericano en infraestructura (la Base Naval del Callao) e inversiones. La llegada del nuevo embajador Bernie Navarro, diplomático y empresario, es una muestra de ello.
Es bien sabido que China tiene un profundo interés en el Perú y en América Latina. Las relaciones entre nuestro país y el gigante asiático se remontan al siglo XIX, a la llegada de los «coolies» chinos para la producción de azúcar. Durante las décadas de 1960 y 1970, las relaciones se estrecharon aún más, cuando el gobierno comunista chino impulsó la difusión ideológica y el entramiento guerrillero a fin de ganar adeptos y enfrentar el capitalismo y el comunismo soviético. En dicha época, los futuros líderes de Sendero Luminoso fueron adoctrinados y entrenados en China. A inicios de los 80 iniciaron la violencia política cuando China transitaba al capitalismo, transformándose en la potencia económica que es hoy.
En pleno siglo XXI, el interés de China ya no se centra en exportar ideología, sino en importar recursos naturales, colocar productos, transferir tecnología e invertir en grandes proyectos de infraestructura. Según CNN, en 2025 reportó un aumento del 8% en su comercio con América Latina, además de una inversión superior a los 302,000 millones de dólares en sectores como minería, puertos, electricidad, transporte y más. En el Perú, China ha invertido en importantes proyectos como las minas de Las Bambas y Toromocho, contribuyendo a que el país se convierta en el tercer productor mundial de cobre. A estos se suman el mega puerto de Chancay y las centrales hidroeléctricas de Chaglla y Pachachaca. Precisamente, el responsable de este último proyecto es Zhihua Yang, el protagonista —junto con Jerí— del «chifa-gate».
China, con su enorme capital y despliegue tecnológico, tiene la capacidad para seguir profundizando su inversión en el país. No obstante, enfrenta el duro momento geopolítico mundial, cuando Estados Unidos busca recuperar su influencia en América Latina. Las reuniones entre funcionarios y empresarios chinos y el presidente Jerí son un reflejo de esta dinámica geopolítica y económica que, si bien ofrece oportunidades, también plantea desafíos.
La historia de las relaciones entre China y Perú muestra que el vínculo nunca ha sido neutral o casual, sino generado por intereses económicos, asimetrías de poder y contextos geopolíticos cambiantes. China siempre ha actuado con estrategia clara y objetivos de largo plazo. El problema no es que el gigante asiático defienda sus intereses, sino la opacidad, improvisación y poca firmeza de las autoridades peruanas que no pretenden elaborar una política nacional para encarar las intenciones de las potencias económicas mundiales. Si el Perú quiere beneficiarse de su relación con China debe hacerlo con reglas claras, instituciones sólidas y líderes que no deben repetir los malos ejemplos del pasado.



