Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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La Nueva Izquierda-NI, de los años 60 y 70, reprodujo, como calco y copia, intentos revolucionarios válidos y eficaces en sus países, pero precarios para el país, y, obvio, no funcionaron. No tuvo vínculos humanos sólidos con quienes buscó representar. No tomó en cuenta suficientemente la vida cotidiana y la cultura de la gente. Sus sueños y aspiraciones, defectos y virtudes les fueron casi ajenos. Vieron al pueblo desde un “vidrio” ideológico, y sin proponérselo, reprodujo inconscientemente roles y posiciones jerárquicas y verticales.
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Y si bien José Carlos Mariátegui-JCM y la NI comprendieron que el Perú era un país semifeudal y fragmentado, para JCM el socialismo debía asumir la tarea histórica asignada a la burguesía, la revolución democrática burguesa. En cambio, para la NI había que asaltar el poder, para restituir el poder al pueblo. Tuvieron una posición maximalista, de extremos. El caso ultra, dogmático, ahistórico y cruel fue el de Sendero Luminoso.
Para JCM la revolución democrática no podía ser evitada ni acelerada artificialmente: debía realizarse bajo banderas nacionales, democráticas y populares. Para la NI era socialismo o nada. Creyeron que el pueblo, por su radicalidad, los iba a seguir. Como asumían la política parcialmente desde la vida cotidiana de la población, no podían escuchar plenamente sus planteamientos. Así, el pueblo no guiaba el proceso revolucionario, sino los líderes de la NI.
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En la lucha contra la segunda fase de la dictadura militar, con Morales Bermúdez a la cabeza, fines de los 70, la nueva izquierda, tuvo quizá la mayor fusión con las masas, pues estas habían vivido una primavera popular y participativa entre 1968-1975, impuesta compulsiva y autoritariamente por Velasco, y que con Morales Bermúdez se estaba acabando. La NI representaba la continuidad de las reformas velasquistas, pero creyó que era por sus ideales revolucionarios y maximalistas de acabar con el capitalismo y los rezagos semifeudales. Por su ideologización, no entendieron cabalmente las aspiraciones democratizadoras del pueblo.
Tras haber obtenido casi un tercio de la votación para la asamblea constituyente en 1978, la nueva izquierda ingresaba a la disputa política y cultural en una democracia liberal que ideológicamente rechazaba, pero pragmáticamente aceptaba, porque las masas la aceptaban. Y con esa carga ideológica, con raíces en sectores sindicales, barriales, populares, la NI era parte de la democracia liberal, pero no luchaba por una revolución democrática.
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Consideraron que era ser de derecha hacer esa revolución. En cambio, JCM consideraba, como decía Marx en El Manifiesto Comunista que: “La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario.” Y ante la ausencia de esa burguesía revolucionaria, el proletariado, a través de su partido socialista debía desarrollar esa revolución democrática.
Así, el partido socialista debía superar las relaciones feudales de servilismo y autoritarismo, estableciendo una relación laboral mediada por el salario, y desarrollando la democracia liberal como una revolución para los pobres, porque otorgaba derechos ciudadanos, igualdad ante la ley, participación política mediante el voto, etc. Que dicho sea de paso hoy se niega algunos de esos derechos por el régimen conservador y no liberal, autoritario y no democrático, racista y no igualitario, capitalista mercantilista y de privilegios y no competitivo que nos gobierna
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Por eso JCM consideró que el partido socialista debía desarrollar una revolución democrática burguesa, pero la Nueva Izquierda quiso hacer una revolución socialista. Y entró en crisis, pues un sector intuía la necesidad de hacer una revolución democrática, pero no fue capaz de formularla teóricamente como JCM. Otro sector creía que la democracia liberal, el parlamento burgués, las elecciones representativas, etc., era para ser utilizado no asumido, como JCM, como una revolución democrática necesaria para el país y los pobres. Seguiremos.



