Nelson Pereyra | Larga duración
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Más que sorpresa, la reciente decisión del presidente estadounidense Donald Trump de fijar aranceles del 20 % a las importaciones de Canadá y México, y del 10 % a las de China, ha generado preocupación. Se trata de una medida unilateral y hasta prepotente, pues viola los acuerdos de libre comercio que Estados Unidos mantiene con sus dos vecinos desde finales del siglo XX.
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Los aranceles son un impuesto aplicado a los productos importados por diversas razones: desde la protección de la industria nacional hasta la prevención de la venta subvalorada de determinados bienes. Sin embargo, en esta ocasión constituyen un boicot comercial contra México y Canadá, vinculado a la masiva migración hacia territorio estadounidense, así como al desarrollo comercial y tecnológico de China, la segunda mayor economía del planeta. Con esta medida, el gobierno de Estados Unidos adopta una postura proteccionista, contradiciendo el discurso de libre comercio que ha promovido desde el siglo XIX.
En aquella centuria, Estados Unidos influyó constantemente en las nuevas naciones latinoamericanas para fomentar la libre importación de sus productos. En el Perú, el plenipotenciario y encargado de negocios Samuel Larned intentó en más de una ocasión convencer a gobernantes como Gamarra o Salaverry, así como a la opinión pública limeña, de la necesidad de abrir los puertos y permitir la entrada masiva de tejidos y harinas estadounidenses. Sin embargo, sus esfuerzos resultaron infructuosos, pues no logró persuadir al poderoso grupo de artesanos limeños y hacendados norteños que, aliados con los mencionados caudillos, impusieron una política comercial proteccionista disfrazada de nacionalismo. Incluso el gobierno de Gamarra elevó los aranceles para encarecer los bienes importados, tal como menciona el historiador Paul Gootenberg en su libro “Caudillos y comerciantes”.
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En aquella época, los estadounidenses fracasaron debido al nacionalismo de la élite y a la debilidad de los liberales peruanos, pero sobre todo porque aún no tenían el poder que hoy ejercen en el mundo. Tras expandirse hacia el oeste y consolidar su unidad con la Guerra de Secesión, Estados Unidos se convirtió en una potencia mundial a finales del siglo XIX, impulsado por la revolución industrial, el desarrollo del capitalismo y la inmigración europea, lo que le permitió colonizar su entorno inmediato: Cuba, Puerto Rico y el Caribe. Posteriormente, consolidó su posición hegemónica durante las dos guerras mundiales del siglo XX y la Guerra Fría, cuando impuso la democracia y el liberalismo frente al comunismo soviético en la reconstruida Europa occidental y en América Latina.
Hoy, el gobierno de Trump impone un boicot comercial con trasfondo geopolítico para demostrar el resurgente poderío estadounidense. Sin embargo, lo hace en un contexto inapropiado, en el que Estados Unidos ya no es la potencia indiscutible que se enfrentaba a un enemigo ideológico como en la Guerra Fría. A pesar de sus diferencias políticas, China y Estados Unidos comparten economías capitalistas y compiten por el control del comercio mundial y el desarrollo tecnológico. Además, en tiempos de globalización, la producción estadounidense depende de materias primas y avances tecnológicos provenientes de otras partes del mundo, como Canadá y México. Con este boicot comercial, los productos que necesitan de estos insumos aumentarán de precio, afectando especialmente a los consumidores estadounidenses y a la producción nacional.
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Trump y los republicanos que hoy gobiernan la alicaída potencia mundial parecen haber comprendido finalmente la complejidad del escenario global y la interdependencia económica que condiciona sus decisiones arancelarias. Tal vez por ello suspendieron el incremento por un mes y aceptaron la propuesta del gobierno mexicano de negociar. En el transcurso de este año veremos si el poder de Estados Unidos logra imponerse como en los viejos tiempos o si, por el contrario, cede ante la compleja realidad de la globalización y la era posindustrial.



