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Entre huaycos y vuelos del Qillincho | Opinión

Lalo Quiroz | El Partero
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El jueves 09 de octubre último, en la sala capitalina Más Arte Galería, se inauguró el Salón de Arte Joven Ayakuchu; una muestra plástica, curada por la artista visual Nereida Apaza Mamami, y gestionada por el acuarelista Nicolás López junto a Guillermo Quispe –director de la galería—. Esta exposición, como alude parte del título de la misma, recoge la reciente producción de siete jóvenes artistas ayacuchanos: Eliseo Espeza, Disney Medina, Diego Yupanqui, Flora Meneses, Jorge León, Neufa Quispe García y Jersson Chuquitaype; jóvenes a quienes, con mucho agrado debo decirlo, en su mayoría tuve la oportunidad de acompañarles en su formación teórica en las aulas de la Escuela Superior de Formación Artística Pública “Felipe Guamán Poma de Ayala” de Ayacucho. Si bien, las obras de cada una y cada uno de estos siete jóvenes y talentosos artistas merecerían una atención especial en esta columna; esta vez, por las limitaciones del espacio, sólo me voy a referir a las obras de Diego, Disney y Eliseo. Y no solamente, porque los acompañaría de manera directa y cercana en su proceso artístico durantelos dos últimos años de su formación; sino, porque actualmente son parte de un selecto grupo de estudiantes y egresados que integran un laboratorio experimental de arte contemporáneo –bajo mi conducción—.

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Así, empezaré por mencionar a Diego Yupanqui, quien presentó su obra Pachakuti –compuesta por una pieza tridimensional y cuatro pinturas al óleo sobre MDF—. En su propuesta, incorpora la parafina, un insumo característico del arte de la cerería ayacuchana; el cual, a través de familias cultoras de éste arte, ha servido para la ornamentación de las principales andas en Semana Santa. En ese sentido, más allá del efecto de la opaca trasparencia y rugosidad que proporciona la cera en sus pinturas, este joven y talentoso artista se centrará en la relación de dicho insumo con la fe y la religión católica; la misma que, tras la invasión española, serviría como barniz sobre la espiritualidad de la cosmovisión andina –en este caso— representado por el mítico jaguar. Asimismo, la cera como un material maleable que logra cierta consistencia al solidificarse y que se derrite lentamente mientras aloja al fuego que alumbra —la verdad de los dioses—; es la misma que, en tránsito entre el frío y el calor, puede iniciar nuevos ciclos. Son los ciclos de cambio y transformación, en espacio y en tiempo, del Pachakuti de Diego.

De otro lado, Disney Medina –quien, obtendría el primer puesto en su promoción— optaría por alejarse de la técnica clásica de la pintura al óleo para incorporar a su obra los hilos y lanas de colores a manera de bordado y tejido; una técnica ancestral, no solamente propia de nuestras culturas andinas y amazónicas, sino de distintas culturas del mundo. Si bien, durante su proceso, esta joven y talentosa artista persistirá en el formato y soporte clásicos –que ya han sido desestructurados por distintos artistas en la línea del tejido o bordado—; también, se animaría a asumir retos más desafiantes y experimentaría con gran acierto con otros medios como la instalación u objetos como la obra “No me viste”. Un título que se inserta en una temática dura y actual: el abuso infantil, y que la aborda con compromiso y con seriedad; sin embargo, la construcción simbólica y semántica de su obra podría prescindir de la lectura explícita y lograr resultados más interesantes.

Finalmente, el joven y talentoso acuarelista Eliseo Espeza –quien viene cosechando un significativo reconocimiento a nivel nacional e internacional— nos plantea el caos del paisaje urbano a través del dominio de sus acuarelas; así, sin mayores pretensiones filosóficas o conceptuales, nos ilustra –con sus ya clásicos cableados— el entramado y enredado caos que cruzan las calles huamanguinas. Lo que fuera una pequeña ciudad, apacible y ordenada, se habría convertido en una ciudad que ha crecido y sigue creciendo sin planificación urbanística –como tantas otras ciudades—, con ‘permisos’ municipales que lo permiten todo (cuando hay dinero) y con empresas que perforan el pavimento y tienden cables a discreción. Es el precio del acceso a la ‘modernidad’.

Si bien, no es la primera vez que el talento de jóvenes artistas de Ayacucho y de otras regiones del país se exhibe en Lima –incluso, en otras partes del mundo—; aun así, para los que hemos seguido el proceso de los jóvenes que esta vez exponen sus obras, no deja de significar una satisfacción apreciar sus logros en este difícil –pero, satisfactorio—trayecto. Un trayecto que, entre huaycos y vuelos del quillincho, va más allá de Huamanga a Lima.

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