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¿Es posible construir una cultura de paz? | Opinión

Mario Zenitagoya | Otra Mirada
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Existe una tentación extremadamente sutil y peligrosa de confundir la paz con la simple ausencia de guerra, como estar tentados de confundir la salud con la ausencia de enfermedad, o la libertad con el no estar preso. La terminología es a veces engañosa. Por ejemplo, la expresión “coexistencia pacífica” significa ausencia de guerra y no verdadera paz (Dominique Pire).

Las distintas frases por la paz que se han pronunciado desde hace siglos son también el mejor testimonio de cómo ha evolucionado este complejo término a lo largo del tiempo.

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Por ejemplo, mientras en la Antigüedad la paz era considerada como el estado ideal, es decir, la ausencia total de guerra y de confrontaciones bélicas, a partir del siglo XVII la palabra ha evolucionado según los cambios sociales y culturales que hemos ido presenciando.

En nuestro caso, la paz ya no es solo eso que definían los antiguos, sino también algo que tiene que ver con los Derechos Humanos, la convivencia, la tolerancia y una serie de garantías y valores mínimas para el bienestar humano.

Dicho de otra forma: la paz no es solo un estado en sí mismo, sino que es el conjunto de prácticas, decisiones y hábitos compartidos que nos permiten alcanzar un clima favorable para la vida, manifiesta Juan García, especialista en temas de dd.hh.

Vivimos en un mundo globalizado, en el que los problemas viajan de una punta a otra del planeta en segundos. Los conflictos bélicos, es decir, las guerras, han sumido al ser humano en la decadencia más profunda durante siglos.

Incluso hoy en día, en pleno siglo XXI, la paz no está presente en todas las naciones. Terrorismo, conflictos armados, tensiones entre potencias económicas… Un panorama desolador y que causa muertes y sufrimiento. (Pierre Orbison)

Artículos difundidos abordan que la construcción de una CULTURA DE PAZ debe considerarse los siguientes aspectos:

– Respeto por la dignidad y la vida de todas las personas
– Rechazo a todo acto de violencia física, psicológica, económica, sexual o social
– Colaborar en la erradicación de la exclusión, la injusticia y la opresión
– Defender la libertad de expresión y la diversidad de pensamiento, cultura y religión
– Promover un consumo respetuoso con nuestro entorno y demás seres del planeta
– En el caso del Perú, la Cultura de Paz es una utopía- al menos en estos tiempos de la manoseada “democracia” y con un gobierno que muestra todo lo contrario.

En el reciente libro de la historiadora Carmen Mc Evoy (En el Umbral de lo Desconocido), no le falta razón al decir “En la actualidad ocurre un descuartizamiento del Estado en aras de una rapacidad inédita en la historia”, “y hoy Lima sigue siendo un centro de desinformación de crisis y de historias que nunca terminan. Viene una historia y otra, y otra, y es la de nunca acabar. Es como uno de esos folletines franceses del siglo XIX”. Mientras el Perú agoniza, el objetivo es robar lo que se pueda (sic)

Al referirse sobre el Bicentenario de la Batalla de Ayacucho, considera, que es “vergonzoso, que con todos los recursos de los que dispone el Estado peruano, los cuales se despilfarran y roban de manera sistemática, no se haya inaugurado una gran obra o una multiplicidad de obras que dejen grabada en la memoria nacional el hito fundacional que significó la mítica batalla de Ayacucho” (La República/ 15/12/24)

Bastante claro dicha opinión, porque a las luces de la verdad, el Bicentenario de la Batalla de Ayacucho, al actual gobierno poco lo importó, porque parece haberse entendido esta fecha como regional, ayacuchana, pero no tuvo el alcance nacional que se esperaba.

Los Juegos Bolivarianos desarrollados en espacios con obras inconclusas le dio algo de lustre a la región ayacuchana.

¿Podemos construir con esta política pública una ¿CULTURA DE PAZ? Imposible mientras permanezca la corrupción con corruptos que tienen hasta el tuétano este flagelo, que lo llevarán hasta sus últimos días.

Abate la actitud de un gran sector de la población con su desidia, anti solidaria, envidiosa, sobre todo de quienes dizque son la “esperanza del mañana”, que más están apegados a la pantalla, culto al dios Baco y otros (sic).

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