Una de las características del gobierno y de las instituciones públicas es la costumbre de dejar pasar los riesgos, a la espera de que ocurra una desgracia, para después lamentarse.
Esto lo vemos en todas las emergencias, que son por descuido y no tomar a tiempo medidas que la hubieran evitado. Un ejemplo de esta desidia, es la respuesta al peligro de construir viviendas en los causes secos de los ríos o torrenteras: “hace años que no hay huaycos, eso pertenece al pasado”, y cuando ocurre, nos lamentamos.
Hay responsabilidades, porque esa conducta de no tomar en serio las medidas que prohíben estas construcciones, forma parte del comportamiento diario. Y los gobiernos locales se comportan de igual manera. Y eso se hace evidente en los programas de protección contra desastres naturales.
Ayacucho, es una ciudad que ocupa las laderas de los cerros como La Picota, Acuchimay, entre otros, donde se han instalado gran parte de la población, ocupando terrenos calificados como de alto riesgo para los desastres, especialmente en la temporada de lluvias.
Al menos 39 familias damnificadas dejan las lluvias intensas en Ayacucho, según el COER
Cuando se reiniciaron las actividades de la Universidad de San Cristóbal de Huamanga, recordaba el ex rector Enrique Moya Bendezú, se iniciaron los trabajos de protección a la ciudad, y por esa razón, alumnos y profesores en la década del sesenta iniciaron la reforestación del Cerro La Picota, que históricamente había generado inundaciones severas en la parte histórica de la ciudad.
Los huaycos, especialmente en el jirón San Martín eran constantes, y el 2009 generó una tragedia donde perdieron la vida 9 personas. A raíz de esa desgracia, se elaboró un plan para evitar que Ayacucho vuelva a sufrir las continuas avalanchas de arena y lodo que ocurría siempre que había una lluvia intensa.
El 2010 se iniciaron los trabajos para el alcantarillado pluvial, y se ha concluido en la zona baja, el centro histórico y de alguna manera en la zona intermedia que va desde la carretera Los Libertadores hasta el jirón Libertad.
Lo que falta -y el peligro se encuentra ahí- es el tratamiento de la zona alta, donde se encuentran las quebradas y las cárcavas del Cerro La Picota. No se tiene presupuesto para continuar las obras en ese sector, recuperar los desarenadores en algunas quebradas, encausamiento de cursos de agua.
Y un presupuesto permanente para el mantenimiento de todo el sistema de alcantarillado pluvial, así como campañas educativas para evitar que se arroje basura en las alcantarillas.



