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Por odio al arte (parte II) | Opinión

Lalo Quiroz | El Partero
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El rol del artista en su sociedad, en una época de ‘emprendedurismo’ –en donde, el artista, también pareciera ser empujado a encajar— y más allá de denominaciones como el ‘artista profesional’ y algún adornito más que se imprimen orgullosos en los cartones de egreso en ciertas escuelas de formación artística, sigue siendo para la mayoría de personas algo difícil de definir; el rol del artista, en el mejor de los casos, se suele circunscribir a una labor meramente funcional o instrumental asociado al campo del entretenimiento y lo ornamental. Así, en el caso de los artistas plásticos, egresarían –tras arduas y concienzudas ‘prácticas preprofesionales’— y terminarían pintando murales para empresas o instituciones, o sirviendo de peones para artistas más recorridos que firman los proyectos –con mucha suerte, una o dos veces al año—; o, también, realizando pinturas o esculturas en serie para algún intermediario, haciendo maquetas para estudiantes de colegios, pintando letreros. O, simplemente, haciendo ‘lo que caiga’.

Por odio al arte (parte I) | Opinión

Esta dura realidad, no es nada nueva. Un realidad, en donde el artista que no lograría entrar al mercado del arte nacional o global –porque muchas veces no cuenta con las herramientas o el capital económico, social, simbólico y cultural para hacerlo, en términos del sociólogo francés Bourdieu— o que no buscaría insertarse en las Industrias Culturales, tiene que ingeniarse para sobrevivir en un mercado laboral informal; una realidad, en donde la ausencia de un emplazamiento en el mercado laboral formal lo ha forzado a deambular entre la inestabilidad e incertidumbre económica, colocándolo en una usual condición de precariedad y vulnerabilidad. Una muestra dramática y extrema de ello, se visibilizaría en la pandemia del Covid-19. Sin embargo, esta realidad de desprotección en la que se encuentra el artista, se habría empezado a abordar de manera ‘seria’ en los años ochenta. Es, precisamente, en la Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura – UNESCO, reunida en Belgrado del 23 de septiembre al 28 de octubre de 1980, en su 21.ª reunión; en donde, se emitiría la “Recomendación relativa a la condición del artista”. En este documento, se reconocería el papel fundamental del artista en la sociedad y se afirmaría «el derecho del artista a ser considerado, si lo desea, como un trabajador cultural y a gozar en consecuencia de todas las ventajas jurídicas, sociales y económicas correspondientes a esa condición de trabajador, teniendo en cuenta las particularidades que entrañe su condición de artista»; instando, a los Estados miembros, a mejorar la situación profesional, social y económica de los artistas. Así, no sólo se instaría al reconocimiento social de los artistas y de su «papel importante en la vida y la evolución de las sociedades y que debería tener la posibilidad de contribuir a su desarrollo y de ejercer sus responsabilidades en igualdad de condiciones con todos los demás ciudadanos, preservando al mismo tiempo su inspiración creadora y su libertad de expresión»; sino, sobre todo, buscaría garantizar derechos como seguridad social, empleo e ingresos justos. Así, los Estados miembros, deberían «tratar de tomar las medidas pertinentes para que los artistas gocen de los derechos conferidos a un grupo comparable de la población activa por la legislación nacional e internacional en materia de empleo, de condiciones de vida y de trabajo, y velar por que, en lo que a ingresos y seguridad social se refiere, el artista llamado independiente goce, dentro de límites razonables, de protección en materia de ingresos y de seguridad social».

De otro lado, en relación al carácter aleatorio de los ingresos de los artistas y de sus fluctuaciones bruscas, y que ciertos oficios artísticos sólo se pueden ejercer en un periodo relativamente breve de la vida, las recomendaciones invitarían «a los Estados Miembros a prever, para ciertas categorías de artistas, la concesión de un derecho de pensión según la duración de su carrera y no la edad, y hacer que el sistema fiscal tenga en cuenta las condiciones particulares de su trabajo y de su actividad»; asimismo, para preservar la salud y prolongar la actividad artística de ciertas disciplinas, se instaría a «prever en su favor una asistencia médica adecuada no solo en caso de incapacidad de trabajo, sino también a los efectos de prevención de enfermedad, y a considerar la posibilidad de emprender estudios sobre los problemas de salud propios de las profesiones artísticas».

Estas recomendaciones, al menos, para nuestros países del denominado Sur Global, parecieran los insumos para una novela de ciencia ficción de un mundo ideal; pero, desafortunadamente, no es así. A más de cuarenta y cinco años de su publicación, la condición de la gran mayoría de artistas sigue siendo la misma: de supervivencia y ‘por amor al arte’. (Fin Parte II)

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