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Por odio al arte (parte I) | Opinión

Lalo Quiroz | El Partero
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El Romanticismo fue un movimiento cultural, artístico y literario que se desarrolló en Europa, entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, que propugnaría y valoraría la exaltación de las emociones y los sentimientos, la pasión, la imaginación y la fantasía, la espontaneidad, lo exótico y la naturaleza salvaje; y que, se opondría a la razón de la Ilustración, movimiento que había rescatado el Clasicismo grecorromano a través del Neoclasicismo, el cual defendía los cánones clásicos en el arte y cuyas obras se convertirían en un signo de distinción de una nueva clase social en ascenso: la burguesía. Así, los artistas románticos –distanciados de las normas rígidas y estereotipadas del Neoclasicismo— emprenderían y orientarían sus procesos creativos hacia la libertad individual y la inmersión subjetiva; dejándose sorprender y maravillar del movimiento de la vida urbana, como el flâneur del escritor francés Charles Baudelaire, en las incipientes metrópolis modernas que crecerían velozmente gracias a la industrialización y los avances científicos en el Viejo Continente.

Es en esa época que, autores franceses –como el poeta romántico Théophile Gautier y el filósofo Victor Cousin— promoverían y popularizarían la idea del ‘arte por el arte’ (l’art pour l’art); una concepción que, básicamente, haría referencia a que la creación artística sería un fin en sí mismo y no debería servir a propósitos utilitarios, religiosos o políticos. De esta manera, los artistas románticos se alejarían de todo tipo de imposiciones externas y de cualquier tipo de filiación que los subordine y que les impida su libertad artística; abocándose a la búsqueda de la belleza y la experiencia estética, y colocándose por encima de la mera función imitativa del arte y su carácter decorativo –función de los objetos utilitarios—. En ese contexto, los artistas románticos se verían estrechamente relacionados con otra concepción de origen francés: la bohemia (la bohème); un término usado en el siglo XIX, para referirse a un estilo de vida no convencional –el cual, prioriza la libertad frente a las normas sociales y las posesiones materiales—. Esto último, a su vez, conllevaría a la idea hartamente difundida del famoso: ‘por amor al arte’; es decir, la sublimación del arte frente a la seguridad económica.

Así, con el paso del tiempo y hasta nuestros días, se iría construyendo en el imaginario colectivo la imagen casi indisoluble del artista asociado a la vida bohemia. Un artista que, por un lado, sería poseedor de algún talento o destreza en alguna disciplina artística; y que, sin mayores aspiraciones económicas, disfrutaría en libertad de su creación. Entendiéndose, su labor no como un trabajo sino como un entretenimiento o como una distracción placentera; que, por azares del destino, podrían conducirlo a algún éxito. Y, por otro lado, un artista que estaría caracterizado por llevar una vida desordenada, precaria y banal –rozando con la ociosidad y la holgazanería—; y que, además, estaría inclinado a experiencias extremas y con ciertos excesos hacia el alcohol, las drogas o el sexo.

Esta imagen estereotipada y generalizada, habría colocado al artista en una posición no tan privilegiada y hasta casi estigmatizada; y más aún, en la actualidad, en donde los gurús del éxito promueven el ‘emprendedurismo’ –una creación neoliberal que mezcla el individualismo, la proactividad, la ambición y la competitividad— como el modelo a seguir.

En esta realidad, y sin siquiera tomar en cuenta el desarrollo cada vez más acelerado de la IA, la figura del artista —y, peor aún, la del ‘artista bohemio’— pareciera no tener un rol relevante y su presencia pareciera quedar cada vez más relegado de las sociedades modernas y postmodernas; en tanto, su rol –no sólo como activador de la experiencia sensorial (estética) que resultaría vital para el desarrollo humano; sino, además, como productor de símbolos y disparador crítico en el desarrollo del pensamiento— no encajaría en el aparato productivo de estas sociedades.

Y, sólo se le hubiera otorgado una función distractora, entretenedora –elevado a la máxima potencia a través de las denominadas Industrias Culturales— y ornamental; motivando la aparición del ‘artista’ de los mass media y de la cultura de masas, quien encontraría su nicho en el mercado laboral formal. A quien, mal que bien, se opondría el artista heredero de las vanguardias; quien, permanecería en el elitista mercado del arte, en muchos casos procurando hacer prevalecer el verdadero rol del artista.

Hoy en día, la confusión sobre el rol del artista en una sociedad, no solamente decaería en la mayoría de las escuelas de formación artística o ‘bellas artes’; sino, en la mayoría de personas que siguen asociando al artista con la bohemia –o lo ‘romántico’—. No, por gusto, seguimos escuchando: “te vas a morir de hambre” o “el arte es para vagos”; o, en el mejor de los casos: “primero, estudia una carrera y después estudias arte”. Y es que, hace mucho tiempo que el rol del arte se divorciaría de su sociedad y se perdería en lo vacuo de la nadería; y, asimismo, hace mucho tiempo que las políticas educativas públicas y sus instituciones lo mantendrían eficazmente en estado vegetal. (Fin Parte I)

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