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viernes, junio 21, 2024
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La política es el arte del engaño | Opinión

Mario Zenitagoya | Otra Mirada
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Con indudable lucidez, el filósofo burgués y posmaterialista del 68 francés, luego convertido en paladín de la causa sarkozysta, André Glucksmann, señaló que, si el combate en el siglo XX había sido entre democracia y totalitarismo, en el siglo XXI el antagonismo es entre democracia y corrupción. Algo hay de exageración en esta aseveración, sobre todo en el actual contexto de aguda crisis económica, donde la jerarquía de inquietudes sociales pasa ante todo por llegar a fin de mes u obtener un empleo. Sin embargo, también algo hay de razón en todo ello, además de que corrupción y crisis económica van de la mano.

La corrupción no es el problema de unos cuantos políticos o funcionarios codiciosos que, no contentos con meter la pata también meten la mano. Bien al contrario, ataca directamente los fundamentos que rigen la convivencia social, contraviene sus reglas éticas y jurídicas y, en muchos casos, llega a poner en peligro la supervivencia del sistema democrático porque genera una sensación insufrible de que la política es el arte del engaño, de servir al interés particular, de adular a los poderosos y extorsionar a los que no lo son tanto.

Como señala Joan Ridao Martín profesor del Departamento de Derecho Constitucional y Ciencia Política de la Universidad de Barcelona, si queremos minimizar la corrupción, primero hay que conocer sus causas, nada espontáneas. La primera de ellas, las circunstancias que envuelven la moderna política, secuestrada por la partidocracia, cada vez más competitiva y onerosa, y que deja de lado el interés general en pro de una concepción patrimonial del poder. Pero también el neoliberalismo económico rampante, que aseguraba que la excesiva regulación atenazaba el mercado y que la avidez de unos pocos es buena si, al mismo tiempo, supone una palanca de progreso material para muchos.

La desaparición total de la corrupción dice que es imposible. Pero resulta innegable que puede combatirse con cierto grado de éxito. En este sentido, caben algunas ostensibles mejoras en los mecanismos de control, pero también tiene que haber un presencia real y permanente de la sociedad civil organizada, en ello los partidos políticos son los llamados en implementar una pedagogía política, siempre y cuando no haya de por medio el circulo vicioso de los eternos dirigentes y candidatos.

Así como los seguidores del reeleccionista manifiestan a los cuatro vientos de que la “democracia enseña perder y ganar”, ¿dirían los mismo de no haber logrado su “victoria electoral” a la manera de cómo lo hicieron? Hay personajes tránsfugas elegido que “agradece a Dios” por su elección (Judas vendió a Jesús por unas pesetas) y los corruptos que “ven la corrupción” como una utopía son los Judas de estos tiempos, así como otros del entorno del “ganador” que agenda en mano ya vienen elaborando sus listas en reuniones secretas para seleccionar a las “mentes brillantes” o los beneficiados en el inicio de una nueva gestión.  Dicen que “lo bueno está por venir”. (continuación de negociados). Entonces la democracia frente a la corrupción permite       la vigilancia ciudadana.   Esa es la importancia de la moralización de la política como superación de la corrupción política (no de la simple delincuencia de los políticos).

El problema de la corrupción no es una cuestión sólo política o económica, sino que es una cuestión social. La sociedad debe trabajar en construir una “cultura de la legalidad”.

“Los sinvergüenzas públicos no son sino los sinvergüenzas privados a los que se les ha dado por comerciar con el bien común para su personal provecho y familia”.

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