Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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El panorama político nos sitúa en una crucial intersección electoral. Asistimos al cierre y agonía de un proceso electoral nacional, al cual se superpone, en el mismo tiempo y espacio, el nacimiento de las disputas subnacionales. En esta dualidad, no solo se disputarán el “voto” nacional, regional y local, sino que este escenario nos plantea la naturaleza de la relación entre el poder y el ciudadano.
Ocaso de la verticalidad nacional
Ya culminó la elección al parlamento y resta saber quiénes serán sus representantes. Y se está en la fase final de quién conducirá por 5 años el Ejecutivo. Este proceso ha estado marcado por una doble polarización. 1. Entre visiones políticas de extrema derecha, centro, centro izquierda y extrema izquierda. 2. Entre el pacto mafioso corrupto congresal, y una ciudadanía democrática que lo golpeó, pues sólo 2 pasaron la valla.
Pero en este escenario nacional, la población ha sido un actor secundario. La relación vertical tradicional se ha impuesto. El candidato propone y la población valida en mítines o en redes de manera dispersa. El ciudadano es un objeto de incidencia, y no el artífice del proceso. Es una política de entornos, de cúpulas que buscan votos, pero que no logran capturar la complejidad de las ideas y demandas sociales.
Lo local: ¿otra revolución democrática?
En tanto lo nacional se va cerrando, se abre el espacio y escenario para la disputa por los gobiernos regionales y locales. Aquí es donde debería producirse la ruptura más profunda con el modelo anterior. A diferencia de la elección general, donde el diálogo es difuso, aislado y masivo, la elección local exige una participación activa y orgánica, e identificación con las necesidades y propuestas del vecindario.
Otra diferencia es el origen de las propuestas. Si en el nivel nacional el plan de gobierno desciende desde una oficina central, en las municipalidades este debería nacer desde abajo. En el plan de gobierno de lo viejo, la población debe aceptar; en lo nuevo debe ser el reflejo y la expresión fiel de la demanda en cada barrio, en cada zona y en cada rincón del distrito. Es la confrontación entre representación de cúpulas o de las bases.
Además, está la tradición colonial y republicana, de cooptar e incorporar a los líderes o comprar los votos regalando algo. Esta práctica de corrupción electoral, está vigente a pesar de la Ley 30414. Queda en la memoria colectiva los ya famosos tápers, como símbolo de la prebenda y la compra de votos. En lo local esto adquiere otras formas, dar almuerzos, entradas, ser padrinos, etc., pero la práctica es la misma.
Continuidad partidaria y reto de representatividad
Esta práctica es en el fondo autoritaria, pues si la gente no se aviene a ser comprada, entonces se denuncia fraude y salen los militares. Pasó en el siglo XIX y XX, pero hasta nuestros días se pregona eso. Y los mismos partidos que tienen esas prácticas tradicionales, autoritarias, populistas, participan también en la arena local. Por eso, muchos candidatos se lanzarán a adquirir votos, sin un diálogo construido y sostenido.
Revolución democrática sin liderazgo
Poner al vecindario en el centro de las elecciones plantea un cambio revolucionario en la relación con la gente. El 2021, con la elección de Pedro Castillo hubo una revolución democrática. La ciudadanía popular, considerada incondicional por las élites, se convirtió en actor político. Ello hizo que aparezca el racismo y autoritarismo de esas élites, que primero estaban ocultas tras una dádiva. Actualmente surgió con López Aliaga (Porky).
Lamentablemente, esa revolución democrática no tiene un partido que lo lidere, exprese o represente. A pesar de ello, el éxito de las elecciones subnacionales dependerá de cómo se gane. Si se cree comprar o manipular a la gente, algunos candidatos podrían ser derrotados. Y es que como cada día la gente es más consciente del poder democrático de su voto, podría aceptar prebendas y regalos y castigar el intento de manipulación.
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