Su característica más importante es que es una fiesta familiar y, por ende, de reencuentro con nuestros abuelos y padres y ahora, con nuestros hijos y nietos, para recordar y reafirmar nuestra fe en Dios y los valores de honestidad, generosidad, humildad, solidaridad y gratitud que nos enseñaron los que nos precedieron, guiados en la fe a la que nos referimos.
En estos dos últimos años, en que hemos padecido los estragos de la pandemia, hemos vuelto a pasar la Navidad, efectivamente en casa, en nuestro hogar, junto a nuestros padres e hijos, compartiendo lo que había y sin los apremios, urgencias y desmanes, que provocan estas fiestas en épocas normales y que, en este año, ya se empiezan a vislumbrar.
Es comprensible la vehemencia y la ansiedad, con la que esperan la Navidad los jóvenes y es también comprensible, la ilusión que dibuja en el rostro de los niños.
Sin embargo, es preocupante que esta fiesta de unidad familiar y de reafirmación de fe, se convierta en una fiesta verdaderamente pagana, en la que se hace honor al consumismo más desenfrenado, como vemos en estos días.
Las calles y comercios están atestadas de personas que pugnan por comprar pavo, lechón, pollo, regalos, adornos, fuegos artificiales y licores.
Los colectivos, taxis y moto taxis, conducen a personas apuradas, que tienen una única finalidad, comprar, comprar y comprar.
Y al final, la cena consumida, los licores agotados y entregados los regalos, la soledad vuelve a instalarse en la casa; todos trasnochados, con los estragos de la mala noche, malhumorados o pendientes de sus celulares, que forma ya parte de sus cuerpos; a nadie se le ocurre o ya no es posible, abrir un espacio de diálogo familiar, de reflexión o de oración; y así, llega la hora de la partida de los que nos visitaron, y todos coinciden en que hay que recuperar fuerzas, para repetir el mismo rito la próxima semana, en que se festejará con las mismas características o exacerbadas éstas, el advenimiento del nuevo año.
Sería bueno que, en esta época de pandemia, en la que ya hemos perdido a muchos miembros de nuestras familias y a gran cantidad de amigos entrañables, y viendo que la muerte aún ronda nuestras casas, RECUPEREMOS la Navidad en su verdadera esencia para que vuelva a ser una fiesta de unidad familiar, en la que sus miembros, reunidos en torno a un arreglo navideño y a Jesús en un pesebre, compartamos no sólo alimentos y bebidas, sino fe, amor, solidaridad, gratitud y esperanza.
Animados en ese propósito, les deseo a todos FELIZ NAVIDAD.
Ayacucho, diciembre del 2021



