En efecto, hasta hace pocos años atrás, cuando, ya sea por radio o televisión, o mediante la prensa escrita, se denunciaban actos negligentes o dolosos en que incurrían las Autoridades, estos se apresuraban en aclarar o rectificar la información, o en algunos casos, exponían sus razones, o prometían superar las faltas o defectos denunciados.
Sin embargo, en la actualidad, cuando a diario se denuncian actos negligentes o dolosos de las Autoridades, como omisión de funciones, abandono del cargo, negligencia, corrupción etc., estos permanecen impasibles, como si no se refiriesen a ellos, y persisten en sus despropósitos con desparpajo y cinismo campante.
¿Qué es lo que provoca ello?
¿Podría ser que la prensa en general, ha perdido la fuerza o el poder que le es inherente?
O que las instituciones y autoridades encargadas de perseguir y sancionar estas conductas, ¿han perdido legitimidad, por los plazos prolongados de investigación, o el sesgo de impunidad que contienen sus decisiones?
Es posible que ambas vertientes abonen a este estado de impunidad y anomia en que nos encontramos sumidos en estos días, pues es visible que la mayoría de las personas, ya no creen en todo lo que leen y se escribe en la prensa o en la radio o televisión, tampoco confían en la Policía, en la Fiscalía, o en el Poder Judicial, y menos en los organismos de control administrativo, como la Controlaría o Procuradurías anticorrupción.
Y en medio de este estado de cosas, algunos gritan a los cuatro vientos, que todo se resolverá con una nueva Constitución; y eso, es rotundamente falso, pues todos sabemos que con esta o con una nueva Constitución, la incapacidad de gestión y la corrupción seguirán de la mano; ello ya lo hemos visto en el peor momento del Covid 19, cuando se descubrieron casos flagrantes de corrupción, en la primera línea de combate, como es el Sector Salud.
Es pues éste un tema sumamente complejo que tiene múltiples aristas; sin embargo, creemos que hay un aspecto que no se ha tocado o que se ha abordado muy tangencialmente, y es el referido a la responsabilidad individual.
Hoy, nadie asume individualmente sus responsabilidades; todos son inocentes, siempre algún otro tiene la culpa, y ya se ha hecho una costumbre nacional “soplar la pluma”.
Y cuando son denunciados y/o procesados, guardan silencio, se acuerdan de la presunción de inocencia, de que la inocencia se presume y la culpabilidad se prueba y que la duda favorece al reo.
Existe pues una crisis de valores de carácter individual, personal, una falta clamorosa de integridad personal y honradez, y finalmente una falta de ética ciudadana.
Mientras cada uno de nosotros no asumamos nuestras propias responsabilidades, no seamos capaces de reconocer nuestros yerros y defectos, y responder con displicencia y cinismo cuando se nos denuncia; poco se podrá hacer a nivel Institucional y de la política en general.
Estando ad portas de un nuevo proceso electoral de elección de nuevas autoridades, sería bueno que los candidatos y candidatas y la población en general, reflexionen sobre estos temas que pueden aportar una luz al final del túnel en el que nos encontramos.



