Lalo Quiroz | El Partero
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La primera semana de setiembre, hace un mes aproximadamente, el gobierno de la República Federal Democrática de Nepal lanzaría una serie de medidas que pretendía el bloqueo de 26 plataformas de redes sociales –entre ellas, WhatsApp, Facebook, Instagram y YouTube—; las cuales, habrían incumplido presuntamente una serie de regulaciones impuestas por el gobierno, las mismas que buscaban combatir los fake news, el discurso de odio y el fraude en línea. Sin embargo, para la mayoría de los 17 millones de personas de este país –que ostenta el pico más alto del mundo, el Everest—, la verdadera razón era controlar y limitar el contenido crítico contra el Estado; sobre todo, contra una élite gobernante que hacía gala de lujosos estilos de vida en contraste con las mayorías empobrecidas, y que además mostraba signos de nepotismo y corrupción.
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Estas medidas, serían el detonante para que miles de personas de entre los 15 y 40 años –una franja que representa casi el 50% de la población— salieran a las calles a protestar. Y que, tras la fuerte represión de las fuerzas gubernamentales, se desataría una violencia que escalaría rápidamente; dejando el palacio presidencial incendiado –entre otros edificios públicos—, un saldo de casi sesenta manifestantes asesinados, y la posterior dimisión del primer ministro K.P. Sharma Oli. A diferencia de nuestro país, en donde una cifra similar de personas asesinadas no sería suficiente para que dimitiera la señora que gobernó con el 4% de aprobación; la cual, tuvo que ser vacada, después de haberse subido indignamente su sueldo y después de que ya no les sirviera a quienes la colocaron en el poder. Las protestas en Nepal, no sólo dejarían entrever un fenómeno político y social; sino, también, un fenómeno cultural –y global que, rápidamente tendría sus variantes en países como Indonesia, Filipinas, Marruecos, Madagascar, Paraguay y Perú—. Este fenómeno, preponderantemente, sería protagonizado por la denominada ‘Generación Z’: una generación de jóvenes, aparentemente, ensimismados en la virtualidad de sus teléfonos inteligentes y consumidores individualistas de contenidos superficiales y banalizados; pero que, inusitadamente, se organizarían colectivamente a través de las plataformas –que querían ser controladas— y saldrían a luchar por su libertad y por uno de sus derechos más vitales: su futuro. Si en otrora alzarían las banderas con la letra A del Anarquismo; esta vez, ondearían el símbolo de la calavera pirata con el sombrero de paja. Así, One Piece –el anime japonés de finales del siglo pasado— se convertiría en el principal referente de la ‘Generación Z’; en donde, Monkey D. Luffy, combate la dictadura del ‘gobierno mundial’. Es la cultura pop de la ‘cultura de masas’, de una generación que se ha sobrepuesto a las ideologías; ya no son militantes de algún partido, sino internautas globalizados.
El sociólogo estadounidense Daniel Bell, en su libro “El fin de las ideologías” (1960), argumentaría que las grandes ideologías políticas del siglo XX se estaban agotando; y que, la política especialmente en las sociedades posindustriales avanzadas, se estaba volviendo más pragmática: enfocada en soluciones técnicas a problemas concretos, en lugar de grandes luchas ideológicas. Más adelante, su connacional el politólogo Francis Fukuyama, en su libro “El fin de la historia y el último hombre” (1992) plantearía que el fin de la historia sería un momento triste, porque el potencial de las luchas ideológicas por las que la gente había estado dispuesta a morir había sido reemplazado por la perspectiva del «cálculo económico, la interminable solución de problemas técnicos, las preocupaciones ambientales y la satisfacción de las sofisticadas demandas de los consumidores».
Sin embargo, el sorpresivo levantamiento de la ‘Generación Z’ en diversas partes del mundo, nos lleva a pensar que las ideologías aún permanecen; pero, desde lógicas distintas. La ética –valores y principios— de las revoluciones pasadas, no ha sucumbido; sólo ha cambiado la estética. El uso simbólico de la bandera de One Piece, sintetiza ideales comunes de una generación de jóvenes pertenecientes a un mundo globalizado que comparten el mismo temor: un futuro incierto y la misma amenaza: una clase política corrupta; pero, que han demostrado que están dispuestos a defender su futuro y a combatir –con todas sus fuerzas— a esa élite que los pone en peligro. Estamos advertidos.



