Nelson Pereyra | Larga duración
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Las recientes elecciones en Chile han puesto de manifiesto una de las características más persistentes de la política en América Latina: la oscilación constante entre la derecha que defiende el modelo neoliberal y la izquierda que reclama reformas sociales.
En efecto, en la última jornada electoral, Jeanette Jara, candidata identificada con el comunismo y respaldada por el partido de centroizquierda que gobierna Chile, obtuvo una mayoría simple de votos. Esto la lleva a disputar una segunda vuelta con José Antonio Kast, el candidato ultraderechista que quedó en segundo lugar. Este resultado no solo polariza el escenario político en torno a dos fuerzas –la coalición Unidad por Chile y el Partido Republicano– con ideologías y programas diametralmente opuestos, sino también en torno a dos modelos de gobierno: uno enfocado en la seguridad laboral, los derechos sociales y el respeto por los migrantes; y otro, centrado en el recorte fiscal y la deportación de inmigrantes.
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A pesar de que Jara lleva una ventaja de tres puntos, es probable que Kast logre ganar la segunda vuelta, apoyado por los otros dos candidatos del sector derechista: Johannes Kaiser y Evelyn Matthei, quienes juntos sumaron un 27 % del respaldo ciudadano. Si se cumplen estas proyecciones, el péndulo político de Chile se movería decisivamente hacia la derecha.
Este giro a la derecha podría configurar un nuevo panorama político en América Latina, con gobiernos que persisten en las políticas neoliberales y, al mismo tiempo, cierran filas en torno a políticas antimigratorias inspiradas por la administración de Donald Trump. Figuras como Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador y Rodrigo Paz en Bolivia representan este viraje a la derecha que el electorado en esos países ha adoptado. En el Perú, tampoco se descarta que algún candidato de derecha, como Rafael López Aliaga o Keiko Fujimori, pueda ganar las elecciones de 2026 en segunda vuelta.
Este giro no solo responde a un fenómeno latinoamericano, sino que también se inscribe en el resurgimiento global de una extrema derecha que roza con el fascismo, el fundamentalismo religioso y se aleja de las doctrinas liberales y republicanas tradicionales.
Esta dinámica contradice la famosa teoría del “fin de la historia” de Francis Fukuyama quien, en 1990, tras el fin de la Guerra Fría, postuló que la democracia liberal y la economía de mercado constituían las formas definitivas de organización política y económica, al haber triunfado sobre las ideologías alternativas. Según Fukuyama, esto marcaría el fin de los conflictos ideológicos.
Sin embargo, 30 años después somos testigos del resurgimiento de formas políticas que cuestionan los principios democráticos y proponen cambios en las economías neoliberales. Estas nuevas formas no solo provienen de una izquierda renovada, sino también de una derecha radical, cuyo ejemplo más evidente es el del expresidente brasileño Jair Bolsonaro, condenado por conspirar contra el orden democrático.
El “socialismo del siglo XXI” ha sido, además, el modelo opuesto a la democracia liberal y al capitalismo. Propone una democracia más participativa y una mayor intervención estatal en la economía, buscando la redistribución de la riqueza. Sin embargo, los resultados a largo plazo de este modelo han sido un aumento de la pobreza y la consolidación de regímenes autoritarios, como el que actualmente prevalece en Venezuela.
Así como en el siglo XX, cuando América Latina vivió oscilaciones entre la democracia y la dictadura, hoy la política de la región parece pendular entre una derecha radical y una izquierda con tintes autoritarios. Es una tendencia preocupante para un continente que, a dos siglos de vida republicana, sigue sin encontrar un rumbo político fijo.



