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La guerra del extremismo neoliberal | Opinión

Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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Desde 1980, el neoliberalismo expandió la idea de que el mercado traería la paz y la prosperidad global. Para lograrlo se concentró la riqueza y el poder, se desató el individualismo-egoísmo, se redujo el Estado y se destruyeron normas y regulaciones. Se creó un sistema, hoy en decadencia, que denominamos extremismo neoliberal. Actualmente, detrás de las guerras no hay una lucha de ideologías, sino un síntoma, una expresión cruda y violenta de la aplicación de ese sistema.

Revolución industrial pendiente | Opinión

Zombi neoliberal

Un sistema que, en su fase final, muestra su verdadero rostro: ha generado una concentración de riqueza sin precedentes, mientras extendía la pobreza como una pandemia silenciosa. Pero también ha engendrado una conciencia crítica y social creciente que rechaza la desigualdad, gracias al acceso a los medios de información. La gente cuestiona la acumulación de dinero, la alarmante influencia del poder en unas pocas manos y su dominio sobre las guerras en curso.

Poder sin reglas

Vivimos una paradoja letal: el neoliberalismo, que predicaba la apertura de mercados y la competencia, se contradice en su fase crepuscular. Ante la pérdida de legitimidad y competitividad, el libre mercado le estorba, y requiere del mercantilismo y el autoritarismo, del cierre de fronteras, de guerras arancelarias y, finalmente, de iniciar guerras. No se trata de comerciar, sino de imponer la voluntad por la fuerza del poder y la riqueza salvaje.

De magnate a tirano

Esta nueva fase tiene un nombre, aunque el fenómeno lo trascienda. Donald Trump no es una anomalía, sino la encarnación perfecta de este extremismo: convergencia de riqueza absoluta y poder político. Es el individualismo patológico, un egoísmo sociópata que, como el propio Trump ha admitido, solo puede ser detenido por su propia conciencia. Es el triunfo de un ser humano que puede desatar sus impulsos más primarios sin control externo alguno.

Supremacismo de Estado

A este cóctel explosivo se suma el supremacismo, ideología racial que constituye la manifestación última del individualismo extremo: la voluntad de un individuo o una nación de imponerse sobre el otro al considerarse superior. Cuando el poder y la riqueza se juntan de esta manera, el supremacismo deja de ser una creencia marginal para convertirse en política de Estado. Es la lógica del “yo o nadie” aplicada a las relaciones internacionales.

Condiciones para un nuevo fascismo

Asistimos a la maduración de un caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de un nuevo fascismo del siglo XXI, que no necesita tanques en las calles porque opera a través del poder político, de la asfixia económica, del control informativo y de la amenaza constante. La unidad del poder político y económico sin precedentes, con una libertad individual extrema, sin controles, y el derrumbe de las instituciones globales que podrían ponerle frenos, termina por atentar contra la humanidad misma.

Patrón oculto: caso Epstein

Esta dinámica no solo se libra en los campos de batalla o en los despachos de las grandes potencias. El caso Epstein es la prueba de que esta lógica opera también en las esferas de la cultura y las élites globales. Fue la manifestación de cómo el poder y la riqueza se utilizan para el control político y el abuso de las personas, creando redes criminales impunes que operan al margen de toda ley y moral; un espejo deforme, pero leal a lo que ocurre a escala planetaria.

Lo que está en juego en las guerras actuales no es solo un conflicto territorial o de recursos. Es el choque frontal entre un modelo basado en el unilateralismo dictatorial depredador y el intento de la comunidad internacional por crear un multilateralismo que nos salve de quienes quieren el apocalipsis. Frente al extremismo neoliberal que nos lleva al abismo, la respuesta no puede ser más individualismo, sino una coalición global solidaria para frenar a quienes, concentrando el poder y la riqueza, están dispuestos a destruir el mundo con tal de no perderlo.

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