LOS WAWERITOS
Cansados, pero contentos
los laboriosos waweritos
con sus manos tiernas
moldean wawitas de trigo
colocando pasas como ojitos.
Las campanas tocan diana
a las cuatro de la mañana,
ellos, descalzos pero esperanzados,
aún con sueño, caminan resueltos,
van cargando sus wawas y caballos.
Estos laboriosos waweritos:
ágiles, corajudos, empeñosos,
dejando de lado las tristezas
andan de horno en horno,
y con sus manos de artesanos
en cada wawa, nos dan calorcito
…¡Gracias, hermanos waweritos!
EL ABUELITO JUAN ANDRÉS
El abuelito más preciado de los niños, era Juan Andrés Vivanco Amorín. Él quería conquistar el sol y la luna para los niños huérfanos de la violencia, a quienes les dio un mundo distinto de paz y amor. Juan Andrés, era un hombre dulce, sencillo y bondadoso que trabajó por una causa noble.
A este hombre la naturaleza le negó los hijos que hubiera deseado; por eso amaba a sus ciento diez nietecitos abandonados, llenándoles de alegría y consuelo.
El abuelito, comenzó a andar con mucha prisa, por las descalzas calles de su tierra, bajo la mirada generosa de Jesús Nazareno, el permanente cielo azul y clima esplendoroso del pueblo.
Juan Andrés, llevaba en la sangre, la iniciativa de lograr obras en beneficio de su tierra natal: la construcción de la Alameda del Cementerio, en cuya inauguración, bailó feliz y alegre una marinera ayacuchana con la Srta. Arce, representante de la mujer ayacuchana y embelleció con flores y árboles como el Loropansinqan; asimismo, reorganizó e incrementó la Biblioteca de la G.U.E “Mariscal Cáceres” y soñaba con regalarles un puericultorio a los niños huérfanos, por eso su vida fue un evangelio y una cruz salvadora en favor de los niños desamparados.
Siempre decía los niños no tienen la culpa de la situación de la violencia que vive Ayacucho, alguien tiene que hacer algo por ellos. Si me tocó iniciar la obra, fue porque no podía resistir su desamparo. Él caminaba con sus proyectos y planos en brazo, doblegaba a los más duros corazones, fue un hombre de fe, tenacidad, optimismo, responsabilidad y honradez a toda prueba.
Juan Andrés, iba una y otra vez buscando el pan y la caridad para los niños pobres, se convirtió en un santo que hace milagros y multiplica caridades. Papi, papi, fue su mejor lenguaje, para hacerse entender bien. Sus palabras tenían una profunda ternura que nos fortificaba cuando pensábamos en nuestros niños. Las victorias tardan en llegar, por eso, su esfuerzo y tenacidad en favor de los huérfanos comenzó a tener dimensión nacional y mundial. Siempre decía cuán difícil es conseguir justicia en nuestra patria, pero cuán hermosa es la solidaridad del pueblo pobre y la clase trabajadora.
Después de haber construido el puericultorio y la Alameda del Cementerio, con ayuda de personas caritativas, mendigando de casa en casa, de calle en calle, de mercado en mercado: Andrés voló al cielo y desde allí envía en Navidad estrellitas, juguetes y avioncitos para los niños de Ayacucho. Acaso don Juan Andrés sabía de José Martí: “Hay hombres que hasta de muertos, dan luz de aurora…”. Creemos que sí, por eso él empleó todo su tiempo para benefició de su tierra: ¡Ayacucho!
Tú, amigo, debes ser como el abuelito tayta Andrecito “El ángel de los niños”, que profesó amor a los menesterosos, el amor que es madre de todas las virtudes, el amor justo y generoso. Nada eres sino sabes amar. Si eres capaz de perdonar, eres capaz de amar. ¡SI HAY AMOR, NO HABRÁ VIOLENCIA!
Mis libros se pueden adquirir en Visión Cultural Jr. Asamblea 256.



