Lalo Quiroz | El Partero
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El comienzo de un nuevo año en la gran mayoría de culturas, tras el cierre del año que culmina, ha conllevado –más allá de celebraciones plagadas de un consumismo estrambótico y hasta estrafalario de las civilizaciones modernas— a una serie de rituales de representación simbólica de la buena cosecha, de purificación, de limpieza y de renovación. Según la numerología, el año 2026 es un Año Universal 1 –es el número de un solo dígito, 2 + 0 + 2 + 6 = 10 / 1 + 0 = 1— que representaría la energía colectiva y los temas durante un año calendario específico, basado en su número raíz. Y, así como la llegada del Año Nuevo Chino 2026 marcaría el inicio del Caballo de Fuego, una combinación asociada al dinamismo, la pasión y los nuevos comienzos, el año 2026 se convierte en un tiempo poderoso para nuevos comienzos, tomar la iniciativa, definir el yo y lanzar proyectos o cambios importantes, marcando el inicio de un ciclo de nueve años de renovación y acción. Esta manera de significar el transitar de la existencia humana a través de un tiempo cíclico, simbolizando el concepto de ‘año nuevo’ como un ‘reinicio’, ha servido y ha sido objeto de inspiración para que distintos artistas contemporáneos reflexionen sobre el paso del tiempo, la renovación y la transformación; sin embargo, también ha servido para hablar sobre memoria, identidad, cultura popular, crítica social y nuestra relación con el tiempo y el futuro.
La artista japonesa Yayoi Kusama, famosa por sus lunares y obras inmersivas como las Infinity Mirror Rooms –salas con espejos que crean una sensación de infinito y expansión—, podría encajar en el concepto de ‘año nuevo como un reinicio’. A través de sus obras, reflexiona sobre el futuro y las posibilidades que trae un nuevo ciclo y crea ambientes de renovación y auto-obliteración donde el individuo se disuelve en el universo; pudiendo interpretarse como un renacimiento o una limpieza del espíritu para un nuevo comienzo. Asimismo, establece una conexión profunda con la meditación y la contemplación a través de la repetición de sus motivos y patrones infinitos –como los puntos y las calabazas—; perfectos, si se quiere, para la introspección del fin de ciclo y la conexión con los ciclos anuales y la persistencia. De otro lado, el artista anónimo Banksy –presumiblemente, de nacionalidad inglesa— utilizaría el grafiti para intervenir distintas paredes del Reino Unido, Europa y Oriente Medio; sorprendiendo, en vísperas del Año Nuevo 2025, con dos murales idénticos de dos niños abrigados (gorros, botas, abrigos) acostados en el suelo mirando al cielo, uno en Bayswater y otro cerca de Centre Point en Londres. Así, este artista interpelaría la falta de empatía de la sociedad británica frente a los ‘nadie’ –en términos del escritor uruguayo Eduardo Galeano— e invitaría a la reflexión sobre la infancia desfavorecida en medio de las celebraciones; contrastando, con una importante carga simbólica, la alegría festiva con la dura realidad de muchos niños y niñas. Por su parte, el artista contemporáneo, activista y disidente chino Ai Weiwei abordaría en sus obras –con un matiz político y crítico— la historia y la cultura china; incluyendo el contexto del país donde el Año Nuevo resulta casi vital. En su instalación «Cabezas del Zodiaco», recrea escultóricamente las 12 cabezas de bronce originales del zodiaco imperial chino que adornaban una fuente en el Jardín del Brillo Perfecto, parte del Antiguo Palacio de Verano en Beijing, durante la Dinastía Qing; las mismas que, serían robadas por tropas franco-británicas en 1860 durante la Segunda Guerra del Opio, y otras se perderían después –objeto del tráfico internacional de arte—, convirtiéndose en símbolos del expolio del patrimonio chino. Ai Weiwei, celebraría y cuestionaría los símbolos culturales (animales zodiacales) robados y luego recreados en oro sobre la historia, la identidad nacional, la pérdida y la recuperación cultural que resuena fuertemente en el Año Nuevo Lunar; conectando, además de la celebración del año nuevo –cuando el zodiaco es central—, su vida con la historia china, incluyendo periodos post-revolucionarios y vinculándolo a la narrativa de un país en constante cambio.
Estos artistas contemporáneos, entre muchos otros –como la artista sudafricana Marlén Dumás y su reflexión sobre quiénes fuimos y quiénes seremos o el artista francés Edwin Wide Donnart y su abordaje de cómo la tecnología redefine nuestra relación con la temporalidad y el futuro, estarían marcando el pulso de nuestro tiempo y anticipando el futuro a través de sus obras. Que, como diría el crítico de arte italiano Guillaume Apollinaire –quien acuñaría el término surrealismo—, son los artistas y poetas auténticos quienes determinan –de común acuerdo— el aspecto de su época, y el porvenir, dócilmente, se aviene a su parecer; por ello, sentenciaría: «Odio a los artistas que no son de su tiempo». Feliz Arte Nuevo.



