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NO SOY UN ACULTURADO

desesperanza escondida en él, por eso invoca al mestizaje, al arte andino como refugios esperanzadores. Ambos son los lugares de la resistencia, pues en el mestizaje y el arte andino se depositarán las futuras luchas y las oposiciones conflictivas que desembocarían en una suerte de liberalización del alma. Es una esperanza ligera, suave, una línea muy delgada que configuraría poco a poco lo que significaría ser peruano: el cholo, sujeto muy orgulloso de su identidad andina y bajo el camino dilucidador del socialismo se abrirían de par en par sendos re
tablos, guitarras, charangos, huaynos y pagapus a la pachamama.

Y, sin embargo, no creo que Arguedas sea un optimista, al menos, es un falso optimista en este discurso que esconde suma fatalidad, una suerte de esperanza – tristeza. Asistimos a un drama trágico e ineluctable. Arguedas lo sabe, nos invita a la muerte inevitable de la cultura andina, pero queda el clamor, el llamado y la toma de conciencia. Está hablando en el vacío como muchas veces lo hizo, no hay respuestas ni resonancias. Arguedas, en este discurso es el espectador y protagonista a la vez. Como espectador sabe cómo terminará lo andino antes de que cierre el telón de este drama histórico peruano, pero como protagonista a conocido el mundo mágico andino, lo ha sentido, lo ha vivido. Es un súper hombre, un privilegiado y tiene la responsabilidad de difundirla y comprenderla para otros. Es el padre que protege al hijo en su regazo, para que en un futuro cercano libere a la criatura. Arguedas cree que ha interpretado el mundo mágico andino y se convierte en el protector de lo andino ¿Pero hasta cuándo podrá d
efenderlo como un padre hacia su hijo querido? Por eso, hay un clamor, un llamado casi desesperante a los artesanos, a los artistas e intelectuales para revalorizar lo andino y no despreciar ese mundo mágico y revitalizante.

“No soy un aculturado” es su némesis frente a todo lo que destruye lo andino. Es la negación y la respuesta a una intelligentsia que desprecia lo andino, pero también es la respuesta a un capitalismo que se torna salvaje y destructora de la cultura. Curiosamente en este discurso, lo andino está en una posición de pasividad frente a las fauces del capitalismo. El capitalismo es como un cerco que se traga y engulle todo lo que encuentra. El cerco es una irrupción salvaje, es un violador de tierras, mujeres, niños y cultura. Pero esta negación de “No soy un aculturado” es para consigo mismo y para con los otros, pues asume que el proceso de occidentalización se presenta en el alma como lucha continua, por ello, hace un llamado a no imitar desde el Perú.

¿Pero qué es ese momento mágico de Arguedas? ¿Cómo llegar al momento mágico de Arguedas? En realidad, me cuesta interpretar este estado de percepción, pero un acercarse a esa situación o llegar hacia ella se deduce que se haría por tres vías paralelas, simultaneas y en permanente dialogo: 1) vivir lo andino en el transcurrir de la vida cotidiana, 2) entender la comunidad y lo andino por medio del ejercicio intelectual y 3) por medio de la relación “esclarecedora” con el socialismo.

Al final del discurso, Arguedas pide sendas disculpas por la soberbia de querer empeñarse en mostrar la superioridad artística de los peruanos frente a otros. Esas evidentes disculpas frente a un auditorio que lo escuchaba atentamente, era en realidad, una actitud sumisa, un eco lejano y una posición de la historia de los hombres andinos frente a los que tienen cultura.

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