InicioCOLUMNISTASPlaza Vea en concierto | Opinión

Plaza Vea en concierto | Opinión

Lalo Quiroz | El Partero
[email protected]

Hasta que, después de varios años de disquisiciones apasionadas –entre los que querían entrar a la ‘modernidad’ y los que veían algún tipo de amenaza para la ciudad de las 33 iglesias—, finalmente se inauguró el Plaza Vea en Ayacucho. Lo cierto es que, este nuevo y gran templo del consumismo, causaría tal alboroto –para los que esperaban el gran día anunciado y para los que no, también—, que hasta cortarían el tránsito vehicular en algunas arterias y hasta se vería la presencia de los bomberos; y ese alboroto, muchísima gente, entre ancianos y ancianas, niñas y niños, mujeres embarazadas, personas con discapacidad, se agolparían alrededor y formarían largas colas para lograr ingresar. Se empujarían desesperadamente, se zamparían a la cola –aduciendo todo tipo de artimañas—, y hasta se caerían por tratar de entrar y cumplir con el propósito supremo: comprar; y así, sin la necesidad de adquirir un producto en especial y sin que eso siquiera importara, salían satisfechos y felices con sus bolsas biodegradables ‘para salvar el planeta’. Según algunos curiosos, afirmarían que la gran mayoría salía con planchas de papel higiénico –al punto que, en poco tiempo, las góndolas estaban vacías—; esto, hasta cierto punto, les recordaría la época de la pandemia. La histeria colectiva en esta pequeña ciudad, aunque distinta a la del Covid-19, se había consumado y consumido; gracias a la esmerada labor de la maquinaria publicitaria de uno de los sectores más rentables del conglomerado empresarial Intercorp –o sea, de los mismos dueños de Interbank, Promart, Oechsle, Real Plaza, UTP, IDAT, Cine Planet, La Tinka, Inkafarma, Mifarma, Casa Andina, entre muchas otras empresas—. Y es que, esta histeria colectiva que solíamos presenciarla o experienciarla en las puertas de algún estadio –sea para asistir a algún partido de fútbol, a algún concierto musical o a cualquier espectáculo—, se terminaría por extrapolar a la inauguración de un gran almacén comercial.

En 1967, el filósofo, escritor y cineasta francés Guy Debord publicaría “La sociedad del espectáculo”; una obra clave que, además de aportar al entendimiento del impacto de las Industrias Culturales, serviría de base teórica y crítica para el ‘situacionismo’ de la Internacional Situacionista. En esta obra, entre otras cosas, Debord nos plantearía una afilada crítica a la sociedad capitalista moderna, donde la apariencia y la imagen transmitida a través de los medios de comunicación –hoy redes sociales— suplantaría directamente a la realidad vivida. Así, argumentaría que la dominación económica habría llevado a una transición del ‘ser’ al ‘tener’; y, finalmente en la sociedad actual, al ‘parecer’. En el capitalismo moderno –o directamente el neoliberalismo—, la identidad y el valor de las personas se medirían por su capacidad para consumir y exhibirse como productos en el mercado; y en donde, toda relación social, se habría convertido en una relación mediada por imágenes y mercancías. Asimismo, en la experiencia social y cultural, las relaciones interpersonales quedarían atrapadas en una lógica experiencial homogenizada y estandarizada acorde a los códigos semióticos y estéticos de las imágenes marca; imponiéndose así, la cultura del capitalismo sobre nuestras culturas. Así, la cultura del autoservicio y de la despersonalización en la atención del ‘hipermercado’ –con su orden y rigidez kinésica y proxémica—, se superpondría al ‘caserito’ o a la ‘caserita’ que te regala tu ‘yapita’ y que en otros casos te advierte que no ´manosees la mercadería, si no vas comprar’.

Hace unos quince años atrás, recuerdo que estaba en un paradero por Los Olivos en Lima y de pronto se estacionaría un bus escolar, de donde bajarían niñas y niños de nivel inicial y formarían dos filas con sus maestras –ahora, les llaman ‘miss’—; al verles, me acordaría cuando era niño y nos llevaban –entre otros— al Museo de Historia Natural de la UNMSM. Sin embargo, en esa ocasión, esas dos hileras de niñas y niños guiados por sus ‘misses’ ingresarían al Plaza Vea. En contraste, hace unos días, iría al mercado F. Vivanco en Huamanga y mientras compraba veía una hilera de niñas y niños que pasaban por los puestos guiados con sus maestras; en ese momento, un niño saludaría en quechua a mi ‘casera’, y su esposo me diría: “ese niño es mi ‘caserito’, es muy inteligente; hace muy bien las compras que le encargan y saca bien sus cuentas”. Sin ningún ánimo de romantizar a nuestros mercados tradicionales o demonizar a los ‘hipermercados’, sólo me permito resaltar la cultura viva de nuestros pueblos que se respira en los primeros; frente a la aculturación –hoy, espectacular— con la que se imponen los segundos en la renovada colonización del imaginario social. Ahí, en donde, en las cajas –mientras pasan los códigos de barra— te preguntan si desearías donar tu sencillo del vuelto; para que, dicen, la empresa cumpla con su responsabilidad social.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

MÁS POPULAR