Lalo Quiroz | El Partero
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La situación del artista, tanto el reconocimiento de la importancia de su rol en la sociedad –pero, no la simple perorata en los discursos institucionales para celebrar alguna conmemoración— como las condiciones tangibles para su sostenimiento económico, sólo sería abordada de manera exclusiva y relativamente seria en la 21.ª reunión de la Conferencia General de la UNESCO –y concretada en su “Recomendación relativa a la condición del artista” (1980)—. En adelante –y bien adelante—, veinticinco años después, la discusión y la preocupación ya no se centrarían de manera única en el arte y en la situación del artista; sino, en un campo más amplio: la diversidad cultural. Así, el arte –como parte inherente de la cultura— no tendría ninguna exclusividad y la ‘condición del artista’ quedaría difuminada entre cientos de párrafos de la CONVENCIÓN DE 2005 SOBRE LA PROTECCIÓN Y LA PROMOCIÓN DE LA DIVERSIDAD DE LAS EXPRESIONES CULTURALES.
Esta vez, en la 33ª reunión de la Conferencia General de la UNESCO –celebrada en París del 3 al 21 de octubre de 2005—, la relevancia del artista se extendería a otras personas que participarían de la actividad creativa; y, aunque de manera sucinta, se recomendaría el apoyo y respaldo a estos actores. Así, se instaría a reconocer –en el marco de las medidas y políticas culturales de los países miembros— la importante contribución y el papel fundamental que desempeñan no solamente de los artistas, sino, también, «todas las personas que participan en el proceso creativo, de las comunidades culturales y de las organizaciones que los apoyan en su trabajo»; y, del mismo modo, se destinarían algunos puntos a exhortar la toma de medidas «encaminadas a respaldar y apoyar a los artistas y demás personas que participan en la creación de expresiones culturales» y a facilitar, «en la medida de lo posible, la movilidad de los artistas del mundo en desarrollo». Sin embargo, el mayor énfasis de la convención de 2005, se orientaría a fomentar la creación, producción, distribución y disfrute de una amplia gama de bienes y servicios culturales, con especial acento en la libertad de expresión, información y comunicación.
Y, de igual manera, se promovería el respeto a todas las culturas, incluyendo las de minorías y pueblos autóctonos, y la protección de la diversidad cultural en todas sus formas: modos de creación, producción, difusión y transmisión del patrimonio. Instando a los países a implementar políticas culturales que promuevan industrias culturales dinámicas y sostenibles y fomentar la cooperación internacional y el intercambio de información, especialmente para apoyar a los países en desarrollo. Lo cual, estaría en sintonía con los principios de la denominada Economía Naranja –propuesta por los colombianos Iván Duque y Felipe Buitrago, y popularizada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID)—; en donde, la cultura –como mercancía— se convertiría en un pilar fundamental del desarrollo económico. Si bien, el debate en torno a la protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales en la UNESCO, no deja de tener su importancia; lo cierto es que, la ‘condición del artista’ y de los nuevos actores dejaría de ser una exigencia a tomar en cuenta por los países miembros de la otrora 21.ª reunión de la Conferencia General de la UNESCO. Es decir, se mantendría la misma situación de desprotección de los artistas –sin derecho a la seguridad social, a una justa remuneración y a condiciones dignas para el ejercicio de su actividad— por parte de los Estado; lo cuales, poco o nada habrían hecho, desde la emisión de la “Recomendación relativa a la condición del artista”, en 1980.
Tras esta convención de 2005, pasarían veinte años, para que se llevara a cabo en España entre el 29 de septiembre y el 1 de octubre de 2025, el MONDIACULT 2025 – Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales y Desarrollo Sostenible; en donde, a través de su Documento Final MONDIACULT – Compromiso de los Ministros y Ministras de Cultura MONDIACULT 2025, se plantearían los nuevos lineamientos, compromisos y perspectivas de los Estados miembros en temas de cultura. Este documento de la UNESCO, no sólo recogería aspectos claves de documentos anteriores sobre el rol de la cultura en el desarrollo económico; sino, en algunos puntos, retomaría la condición del artista y de otros actores, y de sus derechos en materia de un trabajo digno, «remuneración justa y protección social adecuada».
Finalmente, han pasado cuarenta y seis años de aquellas primeras recomendaciones, y la situación del artista sigue casi igual. Bueno sería que, al igual que el caso de otros servidores y funcionarios públicos de distintos estamentos –que gozan de sueldazos, bonificaciones, seguros, hospitales, viviendas, complejos recreacionales y una serie de privilegios—, el Estado se dignara en plantear políticas ‘por amor al arte’ y no por ‘odio al arte’.



