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¿Qué tipo de defensa necesita Ayacucho? | Editorial

Ayacucho es una región que supo resistir el abandono y la violencia, y que ha levantado su voz cuando el poder cruzó límites intolerables. Por eso, la pregunta es directa y urgente: ¿Qué tipo de defensa merece hoy este pueblo? La respuesta dista mucho de lo que observamos en ciertos liderazgos que se presentan como voceros del “pueblo”, pero que, en la práctica, han optado por alinearse sin matices con quienes hoy se encuentran en el poder: por buscar un trabajo o por intereses personales.

Cuando quienes dicen representar a la ciudadanía respaldan casi incondicionalmente a unos peros se muestran en contra de otras autoridades, realmente es una forma que condiciona la propia existencia de un horizonte de política clara. No la politiquería, sino aquella acción que responde al interés colectivo personificado en las ideas y voluntades particulares.

Sin exigirles rendición de cuentas ni cuestionar decisiones que afectan a las mayorías, dejan de ser un contrapeso social y se convierten en su soporte político. Allí donde se intenta vender una “estrategia” de diálogo y cercanía, lo que se percibe es la renuncia a la crítica y, en los hechos, una actitud que se parece más a la traición que a la defensa de los sectores que dicen encarnar.

Porque la verdadera defensa de un pueblo no consiste en leer el termómetro de la coyuntura y acomodarse al vaivén del momento. No se trata de aparecer en la foto adecuada, firmar pronunciamientos de ocasión o respaldar hoy a unos y mañana a otros según sople el viento local. Defender Ayacucho significa asumir posiciones claras frente a los temas que golpean la vida diaria: empleo digno, seguridad, derechos vulnerados, servicios públicos precarios, falta de inversión donde más se necesita.

Lo que se ve, en cambio, es una dirigencia más preocupada por no incomodar a sus aliados circunstanciales que por interpelarlos. Un liderazgo que confunde “unidad” con silencio y “estrategia” con cálculo personal. Mientras tanto, los problemas estructurales siguen intactos y la ciudadanía constata que los espacios que deberían canalizar su indignación y sus demandas se diluyen en reuniones, fotos y comunicados sin consecuencia real.

Se camina sin horizonte claro. No hay una agenda propia que marque la ruta, ni un proyecto de largo plazo que trascienda la siguiente elección o el próximo titular. No se construye organización ciudadana sobre la base de apoyos ciegos ni de lealtades mal entendidas. Se construye no solo escuchando a los barrios y comunidades, reconociendo el dolor de las víctimas de la violencia, atendiendo a los jóvenes que emigran por falta de oportunidades y a quienes viven de su trabajo diario.

Ayacucho necesita otra cosa. Necesita dirigentes probos, con trayectoria limpia y coherencia entre lo que dicen y lo que hacen. Dirigentes que no teman incomodar al poder cuando éste se aleja del mandato popular; que sepan negociar sin arrodillarse y dialogar sin renunciar a los principios. Dirigentes cuya primera lealtad no sea con un congresista, un partido o un cargo, sino con la dignidad de la gente que dicen defender. Solo así podremos hablar, sin cinismo, de una verdadera defensa de Ayacucho.

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