Ayacucho Hoy

Trataremos diferentes temas de interés, a fin de contribuir a que el lector esté bien informado, acreciente su capacidad crítica y salga de la monotonía del día a día.

Vivir en Ayacucho, es un privilegio y un reto; en el primer caso, por su clima, por su entorno arquitectónico, por ser una ciudad relativamente pequeña y fundamentalmente por su gente, que es sencilla trabajadora, receptiva, sentimental y cariñosa; y , es un reto, porque acusa los problemas de ciudades diseñadas para albergar pequeñas poblaciones y que al producirse diversos acontecimientos climáticos, sociales, económicos y políticos, se conviertan en verdaderas urbes densamente pobladas, con problemas graves de abastecimiento, transporte y seguridad, entre otros.

Ayacucho, hace cincuenta años, contaba con 25,000 habitantes; hoy, cuenta con más de 250,000, y pese a ello, el casco urbano prácticamente sigue siendo el mismo, con excepción de los pueblos jóvenes y antiguos barrios, que han crecido de manera exponencial y en forma caótica.

Por todo ello, vivir en Ayacucho, es un privilegio y un reto.

Ahora que ya pasaron las elecciones, hay que dar una pequeña tregua a la política y hay que mirarnos nosotros mismos y mirar nuestra ciudad, nuestro entorno, nuestro hábitat.

Ubicados en nuestro espacio, es bueno reflexionar también sobre el tiempo que nos ha tocado vivir.

Si hace más de 25 años, padecimos el terrorismo, lo que trajo desolación y muerte, hoy afrontamos el COVID 19, que trae más muerte y desolación; todos los días, perdemos alguien de la familia, un amigo, un colega, un vecino; hay en el ambiente dolor, impotencia, pena infinita, indignación, desesperanza…

Estamos de duelo y no sabemos hasta cuando lo estaremos y éste es un duelo distinto, porque ni siquiera se nos permite despedir, velar y enterrar a nuestros muertos. El cementerio está cerrado, pero ya no se da abasto, el único negocio que ha crecido es el de las funerarias, y las misas virtuales se multiplican en todas las Iglesias y capillas; y, en medio de esta desesperación, volvemos los ojos hacia nuestras Autoridades, hacia nuestros líderes y guías y los vemos envueltos en rencillas interminables entre ellos o con el personal con el que cuentan, absortos e indolentes, y entonces empieza a cundir una especie de anomia, cansancio, desesperanza…

Albert Camus, escribió en 1947, su famosa obra “La Peste”, de ella me permito citar dos párrafos:

“Así, durante semanas y semanas, los prisioneros de la peste se debatieron como pudieron y alguno de ellos…. llegaron incluso a imaginar que seguían siendo hombres libres, que podían escoger, pero de hecho, se podía decir en ese momento…. que la peste lo había envuelto todo. Ya no había destinos individuales, sino una historia colectiva que era la peste y sentimientos compartidos por todo el mundo…”

“tiene usted razón Rambert, tiene usted enteramente razón y yo no quería por nada del mundo desviarlo de lo que piensa hacer, que me parece justo y bueno. Sin embargo, es preciso que le haga comprender que aquí, no se trata de heroísmo. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar con la peste, es la honestidad…”.

He ahí dos dimensiones de la peste, que nos negamos a entender; SU ALCANCE COLECTIVO pues nos involucra a todos sin excepción y la necesidad de actuar frente a ella, sea cual sea nuestra ubicación, CON HONESTIDAD.

Diario Jornada
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