InicioCOLUMNISTASDiscriminarte: El arte de discriminar (Parte II) | Opinión

Discriminarte: El arte de discriminar (Parte II) | Opinión

Lalo Quiroz | El Partero
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El debate y la polémica que se originaría en Lima –hace cincuenta años atrás—, tras otorgamiento del Premio Nacional de Cultura “Ignacio Merino” en el Área de Arte al artista Joaquín López Antay, conllevaría a algunas reflexiones académicas en torno a la diferencia entre arte y artesanía. En el artículo del exmiembro del jurado e historiador del arte Alfonso Castrillón, titulado ¿Artesanía o Arte Popular?, empezaría por plantear que el ‘arte popular’ sería una categoría generada en oposición al denominado ‘arte culto’; y que, dicha oposición, se encontraría anclada en un enfrentamiento de clases dentro del entramado social: «Hay que tener en cuenta que la oposición de grupos sociales a la que he aludido es la oposición de los intereses de uno contra los derechos del otro: es decir, el poder de unos contra la impotencia del otro. En suma, la oposición entre arte culto y arte popular no es más que el reflejo de la división de clases en nuestra sociedad». Y, más adelante, el autor manifestará que la clase dominante que ostentaría el poder económico se habría arrogado el derecho de decidir –en función de valores occidentales— «qué es arte, que pone las premisas de lo bello, que supervalora la “creación individual” y la novedad, que ha decidido arbitrariamente que existe un “arte culto” y otro “inculto” o popular. Otra arbitrariedad del más claro clasismo: sólo en el “artista culto” se avizora los valores eternos y profundos del espíritu humano».

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Sin embargo, el clasismo que dividiría y jerarquizaría un arte por encima del otro, encontraría sus antecedentes hace siglos atrás; precisamente, en la ‘cuna de la civilización occidental’, de donde heredaríamos todo tipo de paradigmas irrefutables. En la Antigua Grecia, se acuñaría el término téchne –en contraste con la episteme— que haría referencia a un conjunto de conocimientos y reglas que capacitan a una persona para transformar o producir algo material o inmaterial; posteriormente, en la Antigua Roma, ese término sería traducido como artis. Es ahí, en donde se establecerían distintas clasificaciones en torno a la concepción de arte de la época. Sin embargo, es el médico, cirujano y filósofo griego Claudio Galeno Nicon de Pérgamo, quien propondría una clasificación que sería aceptada hasta inicios de la modernidad. Esta clasificación se dividiría en liberalis artis y vulgaris artis. Por un lado, las ‘artes liberales’ eran cultivadas por personas libres y contemplaban disciplinas académicas, oficios o profesiones como la gramática, la retórica y la dialéctica –que formaban el trivium–; y la aritmética, la geometría, la astronomía y la música –que formaban el quadrivium–; y, por otro lado, las ‘artes vulgares’ o las ‘artes serviles’ que eran propias de los siervos o esclavos y contemplaban oficios artesanales y mecánicos como la arquitectura, la escultura y la pintura, pero también otras actividades que hoy se consideran artesanía. Entonces, si tomamos en cuenta esta clasificación, la pintura –que sería defendida por muchos artistas limeños como superior a los retablos de López Antay— estarían en la misma categoría que la artesanía; es decir, ambas pertenecerían a las ‘artes vulgares’ o ‘artes serviles’. Sin embargo, tras distintas clasificaciones, llegaríamos al Renacimiento donde se daría una nueva distinción y se establecería una nueva jerarquía entre ‘artes manuales sublimes’ y ‘artes manuales utilitarias’; las primeras con un contenido más elevado y como obras únicas y las segundas constituidas por obras múltiples y con un contenido más práctico. Así, llegaríamos al siglo XVIII, en donde el filósofo francés Charles Batteux plantearía una nueva concepción que denominaría las ‘bellas artes’; las cuales, estarían conformadas por seis disciplinas artísticas: pintura, escultura, arquitectura, música, danza y literatura. Y, por supuesto, en donde la artesanía estaría excluida.

Si bien, en la actualidad, permanecerían las distinciones entre arte y artesanía –el primero asociado al ‘arte culto’ occidental y el segundo al ‘arte popular’—; y en donde –además—, como advertiría Castrillón, el primero sería beatificado en el mercado del arte con su crítica especializada y el segundo sería sacado «de su contexto mágico-religioso, a favor de la plaga turística». Sin embargo, cincuenta años después de la polémica entre arte y artesanía, esta distinción sería nuevamente interpelada. Esta vez, Venuca Evanán, la artista ayacuchana de tablas de Sarhua ganaría el Premio Talento Joven en ARCOmadrid 2026 –una de las ferias de arte contemporáneo más importantes de España y del mundo— con una muestra de pinturas sobre madera de maguey y piel de oveja que narra la vida colectiva de las mujeres andinas, titulada “Raizal”. Empero, más allá del merecido premio, surge mi terrible escepticismo: será que, estaremos llegando al fin de las valoraciones clasistas en el campo del arte o sólo es que el gusto del mercado del arte global decidió colocar al denominado ‘arte popular’ en un status que le permita ser parte de las cotizaciones en Wall Street.

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