InicioCOLUMNISTASGran pollada bailable con potente sonido estereofónico | Opinión

Gran pollada bailable con potente sonido estereofónico | Opinión

Lalo Quiroz | El Partero
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En medio de las distintas olas migratorias que se dieran del resto del país hacia la capital –de manera acelerada, a partir de los años cuarenta hasta los años ochenta—, ‘todas las sangres’ se irían entremezclando en la gran urbe gris y húmeda hasta convertirla en un cartel con tipografías barrocas y colores vibrantes como la naturaleza andina y tropical del ‘Otro Perú’ del antropólogo ayacuchano José Matos Mar. Así, miles de peruanos y peruanas –en su mayoría, discriminados, postergados y empobrecidos— se asentarían en los arenales de la periferia capitalina y construirían sus precarias viviendas con esteras, palos y plásticos; así, trabajarían y se organizarían de manera colectiva, colaborativa y solidaria. Ese ‘Otro Perú’, que tendría que superar una realidad hostil y adversa para ser parte de la ansiada ‘Modernidad’ exhibida por la capital, no sólo lograría convertirse en una fuerza económica importante para la capital y el país; sino, además, terminaría por imponer una estética aberrante para el ‘buen gusto’ de las y los limeños amantes del arte europeo. Sin embargo, pasarían varias décadas, para que la denominada ‘cultura chicha’ se viera desmantelada de su esencia y su envoltura estética utilizada por el marketing y convertida en símbolo nacional. La denominada ‘pollada’, una práctica social solidaria –se podría decir, anclada en el ancestral ayni—, surgiría en ese contexto y se convertiría en un medio para obtener ingresos que permitirían cubrir necesidades o carencias de los migrantes; de otro lado, con sus distintos matices, la ‘pollada’ se convertiría en un espacio para compartir, comer, bailar y –por supuesto— emborracharse ‘hasta las últimas consecuencias’.

Una carrera contra el tiempo y la burocracia | Opinión

Esta práctica social y cultural, muy extendida hasta el día de hoy en zonas y barrios empobrecidos, curiosamente sería motivo de interés de la revista COSAS –especializada en moda, entretenimiento, vida social de personajes influyentes, realezas y celebridades—. Aunque, tal interés, no estaría motivado por lo que significaría o a quienes representaría dicha práctica. Sino, por un lado –y en correspondencia con su línea y público objetivo—, porque la ‘pollada’ en cuestión habría sido una recreación en versión exotizada del proyecto Comer Popular realizados por el Centro Cultural Mendiburu (ubicado en Miraflores) y por el colectivo KOMÅ Creative Culinary Studio (en inglés, por supuesto). Y, por otro lado, porque además la propuesta se insertaría en la harta promoción de la gastronomía peruana como indiscutible símbolo cultural a nivel global y como motor de la economía del país. Es por ello que, la revista COSAS resaltaría la investigación del proyecto Comer Popular en «cómo los insumos, sus cadenas productivas y su circulación sostienen economías populares en contextos de desigualdad estructural, reconociendo la cocina del Sur Global como una infraestructura social capaz de producir comunidad en torno al acto de compartir la mesa». Sin embargo, más allá de la redacción en extraña clave socialista de la revista COSAS, la propuesta de Mendiburu y KOMÅ sería objeto de múltiples interpretaciones y críticas desde un punto de vista ético y hasta clasista; en tanto, se apreciaría una suerte de banalización, romantización y exotización –nada menos que, a manos de un grupo de artistas blancos de nivel socio-económico alto— de una práctica social y cultural que obedecería a la precariedad de sectores vulnerables. Es por ello que, Mendiburu habría hecho algunas precisiones: «La intención del proyecto no fue crear una “experiencia” de pollada bailable –nunca hemos usado esa palabra—, sino activar una conversación desde el arte sobre las formas de estas economías de apoyo que continúan siendo fundamentales para que muchas comunidades, iniciativas y necesidades puedan sostenerse».

En nombre del mérito (Parte II) | Opinión

Al margen de la interpelación pública –válida, sin dudas— por el uso ilegítimo de la ‘pollada’, la pregunta que me surge es ¿por qué un grupito de artistas e investigadores blancos, ‘pitucos’, ‘alucinados’, ‘pastrulos’ y demás, no podrían apropiarse de una práctica social y cultural que no les corresponde para ‘sentirse’ populares? Si las mismas clases populares, también se apropian de distintas prácticas culturales de las élites –que las han oprimido— para ‘sentirse’ de las altas esferas. Desde mi punto de vista, diría que la apropiación cultural de la ‘pollada’ se enmarca en épocas de extractivismo cultural promovido a todos los niveles por el mercado y el propio Estado; quien, además, convirtió nuestras distintas manifestaciones artísticas y prácticas culturales en productos de una ‘marca país. Así, en el caso de la gastronomía, ese ‘comer popular’ ha tenido –gracias a algunos gurús de la gastronomía peruana—previamente que ser higienizado y estilizado para pasar por el ‘buen paladar’ que exigen los estándares internacionales; por más que, veamos a alguno de estos gurús comiendo en algún puestito de mercado y bendiciéndolo –mientras se lleva la receta para su restorán—. En donde, el plato es más grande que el contenido; pero, muy bien decorado, al punto que justifique el costo de un sueldo mínimo. Del mismo modo que, la cultura chicha fue vaciada de su contenido para quedar sólo su estética en carteles de restoranes y banners del Estado; es probable que, en un tiempo no muy lejano, la ‘pollada’ aparezca en la carta de restoranes para turistas y hasta tenga su día en el calendario de fiestas.

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