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La batalla político-cultural del 2026: el Perú frente a sí mismo | Opinión

Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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Al iniciarse la campaña electoral por las presidenciales 2026, el Perú buscará elegir un nuevo gobierno, en un contexto de una batalla que lleva más de dos décadas librándose: la batalla cultural entre el bloque que la periodista Rosa María Palacios ha bautizado como los “MAC”, Mercantilistas, Autoritarios y Conservadores, sector que también es racista, con una sociedad cada vez más democrática, participativa e inclusiva.

Este sector tiene el poder económico oligárquico, mercantilista, excluyente, concentrado en la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas-CONFIEP, y el apoyo político y mediático, y, por tanto, rechaza, y hasta desprecia, a los sectores populares, indígenas, rurales y toda acción que cuestione su hegemonía, en un contexto donde amplios sectores ciudadanos exigen más democracia, derechos y transparencia.

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Lamentablemente, en los últimos años, los MAC, en una alianza inusual con sectores de izquierda como Perú Libre, capturaron espacios claves del Estado como el Congreso, e instituciones que deberían ser autónomas, como el Tribunal Constitucional, la Defensoría del Pueblo, la Junta Nacional de Justicia, y recientemente la Fiscalía de la Nación, bajo la dirección de un fiscal vinculado al llamado “pacto mafioso”.

La batalla cultural de ese pacto mafioso autoritario, contra el sector democrático, tanto liberal como socialista, quiere deslegitimar todo pensamiento progresista tildándolo de “caviar”, “terrorista” o “terruco”. Insultos y estrategia política para justificar la represión, la exclusión y la criminalización. Ese discurso de odio justificó la matanza de 49 personas durante las protestas ciudadanas 2022-2023, de los cuales 10 ocurrieron en Ayacucho.

Con el proceso electoral 2026, esta confrontación ideológica, esta batalla cultural, se mezcla con la lucha política entre partidos, con dos visiones de país. Por un lado, el bloque conservador-antidemocrático, que defiende un modelo de orden autoritario, “moralista” y elitista e invocan la defensa de la “vida”, pero justifican las masacres contra manifestantes o las políticas que empobrecen a las familias trabajadoras. Su conservadurismo moral convive con la tolerancia a la corrupción, y con la exclusión sistemática de indígenas, comunidades amazónicas y personas LGTBIQ+, entre otras minorías.

Del otro lado están los sectores liberales y socialistas democráticos, que quieren un Estado meritocrático y plural, con derechos para todos y un capitalismo competitivo, sin privilegios, monopolios ni mercantilismos. Es una corriente democrática, que no se agota en las elecciones, sino que se renueva en la participación ciudadana, el respeto a la diversidad y la justicia social. Este bloque, no uniforme ni unido, tiene contradicciones, pero la contradicción central es contra el racismo y el autoritarismo de los MAC.

La campaña del 2026 tiene este trasfondo. Será una competencia por votos, y una disputa por el sentido democrático, cultural y moral del país. Se enfrentan quienes quieren devolvernos a un orden monárquico, excluyente y autoritario, como los partidos del congreso, Fuerza Popular, Renovación Popular, Podemos, Acción Popular, Perú Libre, entre otros, y quienes creen en un Perú diverso y democrático.

La elección de 2026 pondrá a prueba la madurez democrática del Perú, y la vigencia del pensamiento de Mariátegui, quién en 1928 llamaba al partido socialista a luchar por una Revolución Democrática Burguesa, es decir, liberal, que logre desarrollar pacífica y públicamente en la sociedad, la tolerancia, democracia, inclusión, ciudadanía plena para todos. En última instancia, será una elección sobre qué tipo de país queremos ser.

En esta campaña electoral el Perú se mirará a sí mismo en este espejo político-cultural, y estarán, de un lado, quienes quieren que un pasado de privilegios, de “corta uñas”, de explotación, no termine; y del otro, una ciudadanía democrática y revolucionaria, cuya conciencia del voto por un representante orgánico que los represente, no renuncia a conquistar su futuro. En esa tensión se jugará, una vez más, el destino de la república.

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