Por un lado, tenemos la campaña del miedo, reeditada de la primera vuelta contra Verónica Mendoza, que está dirigido esta vez al señor Pedro Castillo donde se le tacha de extremista, radical, comunista y prochavista, en donde las puyas van afiladas a avivar los temores de la gente de perder sus bienes, ahorros, sueños y esperanzas de un mejor futuro.
Intentar generar pánico vislumbrando un escenario de cataclismo con la llegada al poder del señor Castillo, pero no entienden que para aquellos que siempre han sido los grandes olvidados en estos 200 años de vida republicana, ese discurso no tiene sentido ni mayor impacto.
En la otra vereda, encontramos a la campaña del odio, con el antifujimorismo y el llamado antivoto, de quienes han vivido la dictadura del régimen de Alberto Fujimori, las prácticas fujimontesinistas de copar todas las instituciones del Estado, de manipular los medios de comunicación y de perseguir a sus opositores políticos.
Sin embargo, considero que no se puede apelar únicamente al odio para ganar las elecciones, sino recordemos el referéndum de 1988 en Chille, cuando el dictador Augusto Pinochet debido a las presiones de la comunidad internacional convoco a consulta popular para que los chilenos votaran a favor de que se quedará 8 años más en la presidencia.
En aquella ocasión, tanto el Si como el No, tenían 15 minutos a las 11 de la noche en Televisión Nacional de Chile para hacer campaña a favor de cada opción. Mientras que Pinochet utilizo el crecimiento económico y la seguridad como caballito de batalla para ganar el favor de los electores.
El No, recurrió al concepto de la Felicidad, algo universal que nos identifica a todos, y que duda cabe somos capaces de entenderlo como anhelo que buscamos todas las personas.
No utilizo el odio como lema de campaña, que hubiera sido más fácil, para mostrar los abusos y violaciones a los derechos humanos, como la caravana de la muerte de 1973.
Con ello, finalmente termino venciendo con un apabullante 55.99% del No contra el 44.01 del Si y así Chile volvió a la democracia, con heridas que aún no cierran ni cerraran, pero lo intenta como todas las naciones latinoamericanas.
Aquí pasa algo similar, los que tenemos algunos años recorridos y hemos crecido en la dictadura fujimorista somos testigos de sus abusos y no podemos ser engañados con el llamado mal menor.
Pero qué hay de los jóvenes, quienes nacieron a finales de los 90 o inicios de este nuevo milenio, para ellos los episodios de la dictadura del Fujimontesinismo les suena distante y vacío, son fragmentos de la historia como los vergonzosos pasajes de la Guerra del Pacifico.
Ellos están preocupados por su futuro y por realizar sus sueños, quiere un país de lo posible que no les niegue nada y que sea capaz de darles oportunidades y esperanza de un mañana mejor.
Por lo tanto, los peruanos hoy no queremos una campaña del miedo ni del odio, queremos una campaña de la esperanza y la felicidad que nos permita soñar que al final de este túnel de penas y perdidas que ha sido la pandemia, tengamos una oportunidad de ser felices.



