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La última tentación | Opinión

Lalo Quiroz | El Partero
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«La doble naturaleza de Cristo –el anhelo, tan humano, tan sobrehumano, del hombre por alcanzar a Dios… siempre ha sido para mí un profundo e inescrutable misterio. Mi principal angustia y fuente de todas mis alegrías y tristezas desde mi juventud ha sido la incesante y despiadada batalla entre el espíritu y la carne… y mi alma es el campo de batalla donde estos dos ejércitos han chocado y se han encontrado».

Así empieza la película “The Last Temptation of Christ”, con un extracto de la novela del mismo nombre del escritor y filósofo griego Nikos Kazantzakis, realizada por el laureado director de cine estadounidense Martin Scorsese. Esta producción cinematográfica que se estrenaría en 1988, entre la censura y prohibiciones para su exhibición y las críticas de blasfemia de sectores ultraconservadores cristianos –incluyendo una bomba en una sala de cine en Paris—, terminaría por generar una tremenda conmoción y polémica en torno a la intolerable e inaudita –para dichos sectores—representación humana de Jesús; sin embargo, a través de una narrativa onírica de uno de los pasajes de la pasión y muerte del mismo, Kazantzakis –al igual, que Scorsese— plantearían el conflicto espiritual al que Jesús podría haberse enfrentado. A mi parecer, una manera más humana –entre la tentación de la carne, la lujuria y la culpa cristiana— de acercarse a esta figura católica; aunque, esta identificación, podría servir para que muchos apósteles modernos aprovechen para esconder y justificar sus actos impíos. Algo, sin lugar a dudas, más denigrante que una simple película.

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La película “La última tentación de Cristo”, con un lenguaje cinematográfico sencillo y una estética muy similar a películas de corte bíblico, se centra preponderantemente en un planteamiento filosófico del Ser; sin embargo, y ahí posiblemente radicaría la controversia, no de cualquier Ser. Así, Jesús sería representado como un ser humano –despojado, parcialmente, de toda divinidad—, con dudas, miedos, deseos y debilidades físicas y emocionales; lo cual, nos cuestionaría qué significa ser el ‘hijo del hombre’ antes que ser el ‘hijo de Dios’. Asimismo, la tentación en sí misma nos colocaría y pondría de manifiesto el Libre Albedrío cristiano; es decir, en el caso del Jesús Kazantzakis, la posibilidad de elegir y decidir entre una existencia mundana, familiar y tranquila (la vida humana común) y la crucifixión, lo que resaltaría la voluntad y la libertad personal. Por otro lado, entre la lucha interior y la redención, la película sugiere que la santidad no es la ausencia de tentación, sino la victoria sobre ella a través del dolor y la aceptación del destino; explorando la idea de que la carne y la materia pueden ser una prisión para el espíritu, y el camino a la liberación pasa por la superación de los deseos terrenales. En sintonía con el filósofo y teólogo danés Søren Kierkegaard, la fe aparece como decisión angustiosa, no como certeza heredada. Irónicamente, la herejía que escandalizaría a muchos en su momento –inclusive, hasta el día de hoy—, consistiría en devolverle humanidad al dogma: un Jesús que duda resulta menos cómodo que uno omnisciente, porque obligaría a pensar la redención no como guion divino, sino como acto consciente y humano. En este sentido, el planteamiento filosófico de “La última tentación de Cristo” se articularía en torno a la tensión entre naturaleza humana y vocación divina, abordada desde una perspectiva existencial verificable en el desarrollo narrativo: Cristo experimenta duda, deseo y miedo, y su sacrificio emerge como una elección consciente, no como automatismo teológico. La ‘última tentación’ —una vida doméstica alternativa— propuesta en la película por un Satanás encarnado en una dulce niña, funciona como dispositivo contrafactual que evidencia el peso de la renuncia.

En contraste con la tradición dogmática crsitiana, la película desplaza la fe del ámbito de la certeza al de la decisión angustiosa, en una línea que puede ponerse en diálogo crítico con el filósofo alemán Friedrich Nietzsche; si bien este cuestiona la moral cristiana por negar la vida, aquí la afirmación de lo humano no cancela lo divino, sino que lo problematiza. Finalmente, e irónicamente, el escándalo histórico del filme radicaría menos en su supuesta irreverencia que en su rigor: un Jesús que duda resulta filosóficamente más exigente que uno que simplemente cumple un guion trascendente.

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