Lalo Quiroz | El Partero
[email protected]
A propósito de las acciones militares violentas que se vendrían dando en la parte central de nuestro continente por parte de Estados Unidos, y que estarían poniendo en riesgo la soberanía de Venezuela y Colombia, me viene a la mente la obra titulada “América” del artista italiano Maurizio Cattelan. Una obra que, básicamente es un inodoro –wáter, si se quiere— de oro 18K, realizada en su primera versión en el año 2016 y expuesta en el Museo Guggenheim Bilbao de Nueva York; y que, recientemente, habría sido vendida –a través de la reconocida casa de subastas Sotheby’s— por la módica suma de 10 millones de dólares. Lo cual, ha sido recibido con un contraste de entusiasmo y apatía por los amantes y críticos del mercado del arte global; algo así, como cuando hace casi 110 años, el artista francés Marcel Duchamp expondría un urinario de porcelana en medio del conservadurismo artístico parisino. Aunque, salvando las distancias, de 1917 a esta parte hayan cambiado muchas cosas en el mundo del arte. En realidad, no es la primera vez que este artista autodidacta [Cattelan] genera polémicas a través de sus provocativas obras llenas de sátira; ya, en el 2019 expondría su obra Comediante –el archiconocido plátano pegado a la pared con cinta adhesiva gris—, la misma que fue vendida en sus tres versiones por 120 mil dólares cada una.
Cattelan, sin duda alguna, es un artista contemporáneo que ha sabido insertarse inteligentemente y exitosamente –posiblemente, sin poner en riesgo su propuesta— en las lógicas mercantilistas del ‘establishment del arte’; un mercado que, nos guste o no –y es lo que menos importa—, comercializa con obras de arte como mercancía e impone a nivel mundial el valor simbólico y monetario de las mismas. Y, así como para la industria automotriz da igual vender un Porsche Classic 911 de los años sesenta o un novísimo Porsche 911 Turbo Review; del mismo modo, para el mercado del arte, da igual vender un Rembrandt que un Cattelan. Lo que importa, al margen de que los nostálgicos del arte clásico se resistan y se rasguen las vestiduras frente al arte contemporáneo, es que la enorme maquinaria del mercado del arte, siga produciendo capital y sirviendo a los intereses –legales y no tan legales— de las élites globales. Y es que, desde los inicios del incipiente mercado del arte europeo en Holanda y Flandes del siglo XVII, se perfilaría como un lucrativo negocio para satisfacer el gusto y el ‘capital cultural’ de una nueva clase social en ascenso: la burguesía. Así, al inicio, algunos se convertirían en coleccionistas que acumularían piezas valiosas de todo tipo –adquiridas honesta y no tan honestamente— en sus famosos ‘gabinetes de curiosidades’; para dar pase, después, a los museos, galerías y casas de subastas, y consiguientemente, a sus operadores: los ‘marchantes de arte’ –intermediario entre artista y cliente—, tasadores, críticos y curadores de arte.
Es probable que, para la inmensa mayoría emprendedora de la población mundial que cree que el arte es para los románticos y soñadores que desean morirse de hambre, este mercado del arte no sea tan conocido como Mercado Libre; sin embargo, el mercado del arte global, para muchos jóvenes artistas es una posibilidad concreta para hacer realidad sus sueños: que sus obras sean reconocidas, que se vendan y que aparezcan en las páginas de la historia del arte universal. Y es una opción respetable. Claro está, desde mi punto de vista, el reto o el desafío siempre será que la obra no sólo sirva como una simple mercancía que obedezca a las leyes de la oferta y la demanda; sino que, por el contario, mantenga su esencia primigenia y que responda a su época –si es posible, reflexiva y críticamente—.
La obra “América” de Cattelan, al margen de las distintas lecturas semióticas que le podamos adjudicar y la resignificación implícita en la misma como objeto de representación, particularmente me conlleva al plano ético –incluso, político—más que al estético; y no sólo, porque evidencia simbólicamente la ostentación de una élite plutocrática global que excreta con pana y elegancia sobre el resto del mundo, sino que concretamente –a partir del título “América”— señala su epicentro. Es decir, es la “América, para los americanos” de la Doctrina Monroe de los Estados Unidos, que la volvemos a ver hoy. Esta vez, protagonizada por la prepotencia y egolatría de un presidente, quien habría decidido desplegar ‘hollywoodensemente’ sus fuerzas armadas para atacar de manera desproporcionada a pequeñas embarcaciones denominadas ‘narcolanchas’ en aguas del Caribe. Supuestamente, por representar una amenaza para su país. Una manera –bastante recurrente—, de justificar sus eternas injerencias en todo el mundo; pero, sobre todo, en nuestros países para hacerse del control de nuestros recursos: el petróleo, el gas, el litio y el oro –por supuesto—. Tal vez, ese no haya sido el propósito ni el mensaje de la obra de Maurizio Cattelan; pero, me permitió pensarla así. Y ese es uno de los cometidos del arte.



