Nelson Pereyra | Larga duración
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El historiador haitiano Michel-Rolph Trouillot acuñó el concepto de no-evento para referirse a aquellos acontecimientos históricos que, aun habiendo ocurrido, no se registran para la posteridad o se narran de manera parcial y distorsionada debido al juego de intereses inherente a la escritura de la historia. Bajo esta categoría puede inscribirse, precisamente, el desempeño de las fuerzas peruanas en la Batalla de Ayacucho.
Al momento del enfrentamiento, las tropas peruanas integraban la primera división de infantería del Ejército Unido Libertador, al mando del experimentado militar José de La Mar. Esta división estaba conformada por soldados de orígenes diversos: algunos con formación militar, otros con escasa experiencia en combate, pero todos comprometidos con la causa patriota.
La mañana del 9 de diciembre de 1824, la división de La Mar fue la encargada de enfrentar el avance de la vanguardia realista, liderada por el general Jerónimo Valdés, en la quebrada de Vendamayo, en la pampa de Ayacucho. Esta maniobra resultó decisiva para el desarrollo del combate, pues Valdés buscaba quebrar el ala izquierda del ejército comandado por Sucre y comprometer su retaguardia, mientras las demás divisiones realistas atacaban por el frente y el flanco derecho, en una operación envolvente.
El militar colombiano Manuel Antonio López señala en sus memorias que esta división fue atacada y prácticamente derrotada por los infantes de Valdés, poniendo en riesgo el flanco patriota. Según su relato, solo la intervención de la reserva colombiana al mando del general Jacinto Lara habría evitado un repliegue general en las primeras horas del combate.
Sin embargo, esta versión es desmentida por el testimonio de José Basilio Cortegana, soldado de la Legión Peruana de la Guardia. Él afirma que los infantes de la división de La Mar resistieron con firmeza el ataque de Valdés y que en ningún momento se quebró la línea defensiva. El auxilio de Lara, sostiene, tuvo como objetivo reforzar la posición, no salvarla del colapso. Más aún, cuando por la tarde las tropas realistas iniciaron su retirada, la división peruana pasó a la ofensiva y logró controlar plenamente el sector izquierdo del campo de batalla.
El testimonio de López se convierte así en un no-evento porque silencia o minimiza la actuación decisiva de los soldados peruanos, desplazando el mérito casi exclusivamente hacia las tropas colombianas. No es un detalle menor que el autor escribiera sus memorias muchos años después, en un contexto en el que nuevas repúblicas —como Colombia— buscaban afirmarse en el escenario internacional mediante relatos nacionales épicos y excluyentes. Cabe recordar, además, que hacia fines de la década de 1820 el Perú sostuvo una guerra con la Gran Colombia por la jurisdicción de Guayaquil, Jaén y Maynas, durante el gobierno del propio La Mar. Este conflicto pudo haber influido en el ánimo de López y en su disposición a omitir el papel destacado de las tropas peruanas en el decisivo encuentro de Ayacucho.
De allí la necesidad de contrastar las fuentes históricas, de atender tanto a lo que los autores dicen como a lo que callan, y de situar cada testimonio en su contexto político e intelectual. Solo así es posible identificar las razones por las cuales ciertos hechos terminan convertidos en no-eventos. Al fin y al cabo, la historia no es una reproducción neutra del pasado, sino una construcción humana atravesada por intereses, motivaciones y expectativas. Reconocer esos silencios no busca reescribir la historia por orgullo, sino restituirle su complejidad y devolver la voz a quienes, aun habiendo combatido y vencido, fueron relegados a los márgenes del relato oficial.



