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Hombre nuevo en Ayacucho | Opinión

Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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Hace días hubo un homenaje a un buen amigo. Mientras los organizadores hablaban, comprendí que su vida era un boceto, un preanuncio vivo de lo que debería ser un hombre. Estábamos ante lo que podríamos llamar el “hombre nuevo ayacuchano”, ese del servicio compasivo, de la coherencia humana, social y política, de la actitud empática, del que une y no divide, del hombre sencillo y trascendente.

Era José “Pepe” Coronel. En una época desesperanzada por conflictos, egoísmos e individualismos, su figura se alza como un referente de esperanza. Su pasado nos demuestra que un futuro mejor es posible, porque ese futuro ha sido su vida entera dedicada a crear un mundo nuevo y mejor. Con paciencia y apuro, con certezas y dudas, con compasión y soledades, su vida es una invitación a crear futuro. Él nos muestra con su vida, que esa sociedad más justa, humana, solidaria es posible.

Raíces de liderazgo y resistencia

El sencillo y amable Pepe nació bajo el signo del liderazgo humano y servicial. Huantino de corazón y vida, su vocación de líder estudiantil se manifestó temprano en los años 1960 en el colegio Gonzáles Vigil de Huanta, y, posteriormente, como presidente de la Federación Universitaria de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga. Además de siempre ponerse al servicio de las organizaciones sociales.

Pero su gran prueba llegó en los años más oscuros. Mientras muchos partían, él se mantuvo en Ayacucho, salvo breves interregnos, durante el conflicto armado interno (1980-2000). Desde la docencia y el activismo, mantuvo una postura valiente y equilibrada, pues combatió el accionar criminal de Sendero Luminoso, pero no calló ante los excesos de las fuerzas del orden. Fue una luz de sensatez en medio de la barbarie.

Arquitecto para la reconciliación

Pasada la tormenta, Pepe se dedicó a reconstruir la vida de las víctimas y el alma colectiva, en el Programa de Apoyo al Repoblamiento, facilitando el retorno de los desplazados. Más tarde, como coordinador regional de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, su labor fue, ante todo, un acto de compasión, ayudando a sanar las heridas humanas y sociales. Pepe escuchó, atendió y promovió mejoras para los afectados, entendiendo el dolor ajeno como un llamado humano al servicio.

Sin pliegues en el alma

Antropólogo sólido y buscador de la verdad filosófica, Pepe cultivó amistades profundas con intelectuales de la talla de Carlos Iván Degregori. Sin embargo, a pesar de sus grandes cualidades que bien podrían situarlo en un nivel latinoamericano, él elige la sencillez. Su mundo es Ayacucho y el Perú. Nunca ha buscado ser candidato; su política es la del poder del servicio, no la del poder para servirse.

También destaca su capacidad para entablar una relación horizontal y vital con la gente, en especial del campo. Él ha planteado un mutuo respeto con el ciudadano de a pie, una conexión que nace de su auténtica preocupación por el desvalido y su sentido de justicia ante el maltrato.

José Coronel es un hombre sin pliegues en el alma. Es honesto, sencillo y transparente. Tampoco tiene pliegues políticos, hechos de contubernios o ambiciones sin sentido. Sus orientaciones y sueños, forjados en los años 60, mantienen hoy una plena vigencia, una coherencia inusual, en Perú y el mundo, entre pensamiento, sentimiento y acción durante toda su vida al servicio de ideales y principios.

Es un hombre de valores, que entiende la fe como la entrega de su propia vida diariamente, sin grandilocuencias, sin aspavientos, para mejorar la calidad de vida de los demás. Trabajar y no corromperse, servir y no imponer. En su paso por distintas instituciones, como UNICEF y Transparencia Internacional, tuvo la lógica de contribuir a elevar el nivel académico y propositivo de las comunidades para las que servía.

Con estas breves líneas intento dibujar la vida de un hombre leal a sus convicciones, comprometido con su tiempo. Una prueba de que la decencia, la compasión, la humanidad prevalecen sobre ególatras, sociópatas, presuntuosos. Representa, aunque no lo reconozca por su sencillez, el presente de un futuro por el que trabajamos a diario, por eso es un referente de esperanza. Gracias querido Pepe.

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