Lalo Quiroz | El Partero
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En los últimos años, a través del arte –sobre todo, el teatro—, de manera merecida se viene resaltando la figura y el rol de las mujeres en nuestra historia nacional; la relevante participación de las mujeres en la política y en la cultura, tras siglos de invisibilización, viene siendo valorada como un símbolo de resistencia y re-existencia en las luchas por los derechos y las libertades individuales y colectivas.
La obra de teatro titulada “La alegría del silencio” (dirigida por Iván Flores, con textos de Daniel Quispe y Willy del Pozo, y con la actuación de las actrices Arix Vega y Ruth Luján), estrenada recientemente en sala de teatro “Ave Fénix” en Ayacucho, pareciera plantear una tensión casi constante entre la historia –de vida— y la memoria colectiva del país. Una tensión que, de igual modo, pareciera estar atravesada por la dualidad del universo encarnada en un conflicto constante entre dos jóvenes mujeres; sin embargo, con el paso del tiempo –a veces lineal, a veces cíclico—, ese conflicto pareciera transformarse en acción para reunirse orgánicamente en un equilibrio y orden superior. La coreógrafa afroperuana Victoria Santa Cruz, nos hablaría de la acción y la re-acción como componentes orgánicos del cuerpo. Nos dice: «Si pudiéramos discernir que el hacer y sus respectivas calidades es fundamental para describir la acción, comprenderíamos, orgánicamente, que la acción, por iniciarse desde el interior del ser humano, tiene la capacidad de transformar, de equilibrar. (…) La acción integra. La reacción desintegra, multiplica, acumula… divide. (…) Ésta [la integración] no se realizará con el otro mientras no haya ocurrido, primero, dentro de uno mismo». Así, en la obra, pareciera que ambas mujeres tienen que vencer –a veces, a través de la catarsis: la purificación del alma— sus reacciones, pulsiones internas producto de sus miedos y deseos; para lograr reconectarse orgánicamente en una unidad y encontrar el equilibrio que las ayudará a plantar la semilla de la esperanza y trascender a la muerte.
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Estas mujeres, por momentos, parecieran presentarse como una reminiscencia del pasado; pero, en diálogo estrecho y visceral con el presente. Así, entre intervalos de un obscuro y agudo silencio –y por donde se cuelan casquetes y relinches de caballos—, aparecen recostadas en los bordes opuestos de sus dormitaciones; entre estallidos y balas de un campo de batalla que son encarnados en sus propios cuerpos. En algún momento, mientras la lluvia se quiebra y alguien arresta a la noche, ambas se despiertan de sueños de campanas y marchas fúnebres para confrontarse: ¡gorda/anoréxica! ¡prostituta/puta! ¡corrupta/ladrona!; y, en otro momento, se convierten en dos niñas que juegan a ser las amas del mundo, un mundo donde no hay cabida para brujas ni princesas, sino sólo para heroínas. ¿Batichica? ¡No!, esos son íconos de cartón, pintados de aculturación, provenientes de la propaganda hollywoodense. Estas niñas desean vestir las ropas de heroínas de carne y hueso: aquellas heroínas que, lucharon por una patria libre e independiente y hoy luchan porque no existan más gritos de mujeres abusadas, violentadas y esterilizadas. Desean vestir las ropas de las heroínas que, después de treinta años, siguen luchando por la vida, por la verdad y la justicia.
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En ese juego inocente de niñas, lloran espantadas y desconsoladas, y abrazan sus heridas de muerte; y, guardan en las profundidades de sus cajas negras anónimas, la historia y la memoria de un país roto y sin esperanza. Un país que intenta convencer, poniendo entre rejas a gobernantes que traicionaron el sueño de las mayorías, que: ‘la justicia tarda, pero llega’. Sin embargo, como diría la frase atribuida al filósofo romano Séneca el Joven, «Nada se parece tanto a la injusticia, como la justicia tardía»; Mamá Angélica, la gran heroína ayacuchana, supo demasiado de esa injusticia. En el retablo de las memorias, erguidas en sus pedestales y brillos en sus ojos, las heroínas escupirán a la muerte: me quitaste lo que más amaba y yo parí lo que más temía. ¡Estamos a mano!



