Nelson Pereyra | Larga duración
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En su primer mensaje a la nación, el presidente José María Balcázar hizo referencia a la historia del Perú. Aseguró que debemos superar la falta de veracidad en la interpretación de eventos trascendentales como la conquista y la independencia. Habló de una “leyenda negra” que, según él, distorsiona nuestra representación del pasado y que debe ser desechada para lograr la unidad nacional. Aunque estas palabras pueden ser consideradas como retóricas y banales, un análisis más profundo podría arrojar claves sobre su idea del poder, ahora que ha iniciado su corto mandato.
La primera idea relevante que surge de su discurso es su insistencia en la “veracidad histórica”. Según Balcázar, la ciencia histórica debe desentrañar las verdaderas causas de los procesos históricos. Esta postura proviene de la teoría positivista del siglo XIX, que proponía un enfoque científico y empírico para investigar los hechos del pasado. En esa época, los historiadores debían asegurarse de la veracidad de sus fuentes para alcanzar la verdadera dimensión de los hechos históricos. Esta perspectiva aparece como obsoleta, pues hoy se reconoce que la historia es una disciplina interpretativa, mediada por las fuentes disponibles y los marcos teóricos que el historiador emplea. Así, las interpretaciones históricas cambian conforme surgen nuevas evidencias y teorías.
El segundo punto que plantea el mandatario es la idea de que los eventos históricos clave, como la conquista y la independencia, fueron impulsados por intereses de potencias como España e Inglaterra. Este tipo de explicación, popularizada hace medio siglo por la Teoría de la Dependencia, ha sido rechazada por su enfoque reduccionista. Los historiadores contemporáneos reconocen que en esos acontecimientos jugaron múltiples factores, como los conflictos internos entre los pueblos indígenas y los incas (en la conquista), o los deseos de emancipación de algunos criollos del interior del país (para la independencia). Hoy entendemos que los eventos históricos son multicausales, con factores económicos, políticos y hasta mentales entrelazados.
Lo más problemático de la intervención de Balcázar es su propuesta de “reescribir” la historia del Perú. Este planteamiento, enunciado por un político que hoy detenta el poder, puede tomarse como una herramienta para consolidar un discurso que justifique las decisiones de su gobierno, aunque se ha cuidado de decir que estas no serán trascendentales.
Así, esta reescritura del pasado podría responder a intereses políticos más inmediatos, como la creación de una narrativa que silencie las críticas al gobierno. En efecto, un enfoque simplista y maniqueo del pasado —como el que propone el mandatario— originaría una interpretación sesgada del presente, en la que la crisis se reduce a la perversa intervención de potencias extranjeras. Tal representación no solo resulta limitada para entender nuestra actual crisis política, sino que desvía la atención del clientelismo que caracteriza las relaciones entre el Legislativo y el Ejecutivo. Para nadie es un secreto que la designación del gabinete Miralles responde a las demandas por cuotas de poder de los partidos que apoyan al presidente.
Siempre he considerado que la historia debe ser entendida como una ciencia que estudia la sociedad en el tiempo, con el fin de enfrentar los desafíos del presente y del futuro. La historia no debe ser usada como un instrumento para legitimar prácticas políticas decadentes o para silenciar la diversidad de interpretaciones sobre el pasado. Reescribir la historia de forma acrítica para encubrir la degradación política contemporánea no es un ejercicio de conocimiento, sino de manipulación. Además, la historia debe seguir siendo un campo donde se aprenda a valorar y respetar los principios fundamentales de la libertad, la diversidad y los derechos humanos.



